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IV. Un día en mi vida

Eva Zubieta

Comienzo mi jornada muy temprano, alrededor de las 7 de la mañana. Soy un eficaz despertador de mi marciana grande: no le vale darse la vuelta en la cama, taparse con el edredón, darme un manotazo... Nada. Si se tapa o se vuelve, yo busco en dónde tiene esos chorritos que echan aire y calor, y allí, a un centímetro, gruño.

Si me despide con un manotazo, vuelvo y me siento a una distancia no mayor que la mitad de mi cola y gruño, gruño con mi voz de bajo profundo... Se quiere enfadar, pero no lo consigue y termina riéndose y despierta, saltando de la cama. De esta manera no llega tarde a trabajar muchas veces. Creo que voy a patentar esta técnica por efectiva. Me han contado de otras mascotas que hacen la misma función pero con grandes ruidos, mojando y mordiendo... Y consiguen que sus marcianos pongan el pie en el suelo del peor humor del mundo. Ya tenéis aquí una primera muestra de mi –nuestro si me refiero a mí como especie– exquisito saber hacer... Y esto es el principio nada más.

Luego desayunamos. Yo tengo hambre, pero espero paciente y digno mi turno, y cuando ya hemos desayunado todos me complazco en despedirlas ofreciéndoles mi barriguita blanca y suave, mi lomo brillante y negro y, ronroneando cuando me acarician, tumbado en un rayo de sol, les hago notar el olvidado placer del tacto y les recuerdo que la felicidad es bien sencilla. Mientras, les agradezco sus atenciones y les demuestro mi bienestar con mis grandes ojos verdes suaves y tranquilos que entrecierro de placer…

Después espero paciente su regreso. Cuando llega la marciana grande estoy detrás de la puerta esperándola. La recibo con cariñosos topes de cabeza en las piernas y ronroneo nada más verla para que se de cuenta de lo mucho que me alegro de que esté de vuelta. No me importa que no me dedique mucho tiempo. Ni que esté de mal humor. Ni que me haya dejado solo largas horas... Lo único que me importa es mi alegría de volverla a ver. Nada le pido, y nada le reprocho.

Tampoco pido nada después, no la molesto. Solo la sigo por toda la casa, vigilando, por si algo cambia de sitio, por si descubro algún juego al que esté jugando (¡es que siempre está con juegos!, que si coge cositas brillantes y alargadas que suenan y las deja en un cajón, que si mueve un palo muy largo con una cola espesa por el suelo y junta pelusas, que si se sube alto para colgar trapos mojados...) y me deja participar. Algunas veces sí me deja y consigo arrancarle una sonrisa o una carcajada... Yo no sé por qué no se ríe siempre, si está con juegos todo el rato, no lo entiendo. Claro, por eso soy solo un gato... Soy su sombra silenciosa y discreta y solo la toco con la pata muy suavemente de cuando en cuando para que no se olvide de mí.

Es por la tarde cuando se intensifica mi tarea. Las exigencias de un buen mascoto no tienen fin. La marciana pequeña llega y me coge, me estruja, me tira, me vuelve a coger, me pasea por la casa, se sienta conmigo en el sofá, me estira de las piernas... y yo gruño un poquito, ¡porque es que a veces me hace daño! Y me aguanto. Y me escapo cuando puedo... pero nada más. Enseguida se me pasa y la vuelvo a buscar, porque es divertido estar con ella, aunque sea una pesada. Y me vuelve a coger. Me tapa con la manta. Me da tortitas. Me envuelve como un bebé o me arrastra por el suelo... Y así toda la tarde.

Pero un mascoto como hay que ser aguanta todo esto y más. Luego me persigue. O la persigo yo, y la cazo. Yo siempre la cazo, la verdad. Y a cualquier mosca o polilla que entre en la casa, también. No hay insecto que se me resista.

Y así llegamos a la noche. Después de haber cubierto mi apretada jornada todavía me queda contagiar a mis marcianas, antes de sus horas de descanso, una sensación duradera de paz y tranquilidad que les proporciona una relajación óptima para el sueño (¡no es coña!). Verme es ver la viva imagen de la felicidad y eso transmito. Eso dura toda la noche y todo el día y todos los días... como mi labor...

Sé que tenemos mala prensa. Muchos nos creen egoístas, vengativos; dicen que en cuanto algo nos molesta sacamos las uñas y que no se puede confiar en nosotros. Nada más lejos de la realidad. Yo mis uñas las guardo porque dice el refrán: "Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces"... Así que no tengo que presumir de nada. El que es, es. Y yo, soy.

Felino y fiera por dentro, garras de algodón por fuera para mis marcianas. Conservo mi instinto cazador íntegro y mi carácter salvaje, pero... he aprendido a vivir con marcianas y lo que soy se percibe en mis movimientos, en mi mirada, en mi estar. Hasta los menos avispados lo notan. Soy una fiera en estado latente y un amante de las marcianas. No es miedo lo que inspiro, sino respeto... sin querer. Y si a alguno os diera miedo mi fiereza, mi animalidad, preguntaros con la zarpa, digo, perdón, con la mano (ha sido un lapsus) en el corazón si lo que os da miedo no será quizá ver el reflejo de lo que vosotros mismos sois...

No quiero tener dioses ni jefes. No quiero controlar a nadie ni que nadie me controle. No dependo del amor de mis queridas marcianas para ser feliz, pero les devuelvo con creces todo el que me dan, y les doy todo el que desean, sin que me lo pidan. Sin alharacas. Sin estruendos.

El poco tiempo que me queda libre entre todas estas cosas me dedico a reflexionar y decorar la casa. Me siento tranquilamente, enrosco el rabo y permanezco sumido en profundas meditaciones que otro día os contaré. Decoro con mi sola presencia el lugar en el que estoy, por eso voy cambiando a cada rato de sitio. A todas estas cuestiones a las que me enfrento en solitario hay que añadir un hijo-hermano que me ha salido hace poco y al que tengo que entrenar, cuidar y vigilar... A veces resulta difícil compatibilizar la vida profesional y familiar, pero yo me desdoblo y lo consigo, y eso que todavía no he pensado en pedir a las marcianitas una reducción de jornada...

Un suave topecito de cabeza en las piernas. Hasta pronto.

31-01-2009