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III. Mi hijo adoptivo

Eva Zubieta

Ay... Nada, que no hay manera de que cuente en qué consiste mi trabajo de mascoto, que era lo que yo quería decir, pero por unas cosas o por otras termino hablando de las sorpresas que me pego y de las cosas rarísimas que me pasan. Y encima estoy agotado, agotado, agotado...

Verás. Las marcianas aparecieron el otro día con un animalito muy curioso... Olía parecido a mí pero ¡tan pequeño! Las patitas le temblaban pero aún así andaba... ¡qué mono! Y yo empecé a ser otro gato. Como te lo cuento. Al principio solo le miraba andar, pero en seguida empezó también a correr, a trepar, a dar vueltas sobre sí mismo, a perseguirse el rabo, a coger su sombra... Vamos, todo un espectáculo en cuantito cogió algo de confianza. Luego le dio por mí. Me caza el rabo, me salta a la cara, me mordisquea, se me sube a la chepa... Vamos, alucinado perdido que está.

Claro, ya no podía permanecer solo de espectador, algo había que hacer con ese pequeño ser que estaba demasiado loco para este mundo traidor. Me puse a cuidarlo. Le limpio, le lamo las orejitas, la tripita, vigilo que no se meta en líos muy grandes y le entreno para la lucha. Sí, tiene grandes cualidades y si continúa como hasta ahora será un gran cazador y luchador...

El problema es que siempre entrena conmigo, y aunque tengo con él una paciencia infinita y le presto mi rabo, mi cara, se mete en mi boca y le cojo sin apretar, y lucho con él dosificando mis enormes fuerzas para no hacerle ningún daño, con una delicadeza extrema, hay veces en que me agota porque puede estar así horas. Entonces tengo que esconderme en el armario o algún otro sitio para descansar y vigilarle desde lejos, observando cómo mis enseñanzas le van aprovechando y cómo va adquiriendo fuerza de día en día.

También le llevo al arenero y le enseño dónde está la comida, porque es que no sabe nada de nada, ni maullar siquiera; y por las noches, cuando cae rendido, duermo con él. Entonces hace algo muy extraño. Mete la cabecita por entre los pelos de mi tripa y chupa... ¡Hace un ruido! Yo le dejo porque sé que es pequeño y está loco y porque guardo la esperanza de que poco a poco le vaya entrando la sensatez, pero no entiendo por qué lo hace, me deja empapado y como mucho debe tragarse su propia saliva...

La parte buena es la vidilla que me da. Creo que si desapareciera igual que vino, me pondría muy triste y lo buscaría por todas partes hasta que regresara. Supongo que podría pasar, todo es así de incomprensible, pero ya me gusta más estar con él que sin él, aunque... ¡Miau! Por si tenía poco que hacer, cosa que algún día os detallaré cuando ya, demonios, nada me interrumpa ni me cambie la vida, pues ahora el serecito éste. Encima de todo mi trabajo –no os riais– de mucha mayor calidad y detalle que el de esas otras mascotas brutas, zafias y babeantes que se llevan sin merecerlo la miel de la popularidad, tengo un añadido con orejas y pelo que va a todas partes conmigo. Y es que es como-yo casi ¿eh? Cuando me deja en paz cinco minutos me pongo a contemplarlo de lejos y me siento tan orgulloso... Aunque creo que voy a empezar a pensar en unas vacaciones.

No sé si a vosotros/as os ha pasado algo parecido en la vida y sabéis de lo que estoy hablando...

Sed felices, y como siempre, os mando un cariñoso topecito de cabeza en las piernas.

Rita Rita
Rita Rita

28-01-2009