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Sata el ligoncete

María Ra

El primer recuerdo que tengo de Sata es muy vago. Supongo que era uno de tantos gatos que venía a comer en aquella acera de la casa abandonada en donde me había encariñado de Mimosa (la cual venía esporádicamente) y del fiel Leo, que casi siempre acudía a la cita.

Un niño me había dicho que Leo tenía dueño y que su nombre era ese: Leo. Yo le había escogido el de Sultán, porque era el único macho entre muchas hembras y parecía un sultán en su harén. Enseguida le cambié el nombre por el de Leo, pues me había gustado el que me había dicho aquel niño y recordaba que el león es el rey de la selva, un animal majestuoso y admirable, tal y como era aquel gato blanco y negro al que llamé Leo posteriormente y que era también el rey del lugar.

Un día, mientras los gatos comían, pasaron unos niños y uno de ellos dijo: "Eh, mira, está ahí Leo", y el otro respondió señalando al gato blanco con el rabo negro y alguna otra mancha negra por su cuerpo: "Sí, y también está Satanás". Mi hermana y yo nos mondábamos de la risa. Aquel Satanás enseguida se ganó a mi hermana, que lo consideraba su preferido por su similitud con su gato Sócrates: ambos blancos, ambos pedichones, ambos glotones, ambos "mujeriegos" y ambos con un maullido ronco (tengo que aclarar que muchas de estas cosas Sócrates las perdió con la castración, pero las manteníamos muy vivas gracias a Sata, su homólogo callejero).

Un día Leo dejó de venir. Creí que sería una ausencia temporal, pues había días que no venía. Pero pasaron los días y no volvía. Sata ocupó su lugar y se convirtió en el Gran Jefe de las gatas del lugar. Desde siempre había hecho muy buenas migas con Manchitas, que parecía su gata favorita. Aún así el "chico" no le hacía ascos a las demás gatas y se pasaba el día persiguiéndolas. Incluso dejaba de comer si la gata de turno se iba. Él salía corriendo detrás de ella y lo veías muchas veces por medio del campito corriendo detrás de alguna.

En la camada de Mimosa había dos gatos: Rocky y Juni. La gatita Juni era igualita a Sata: la misma mancha en la cara, la misma mancha en el lomo y el mismo tono y tacto del pelo blanco y la cola entera de color negro. También la constitución esbelta, pero fibrosa al mismo tiempo, era la misma en ambos gatos. Sata no podía negar su "paternidad". Dada su similitud con Sata creí que era macho y le llamé Junior. Con el tiempo descubrí que era hembra y le acorté el nombre a Juni.

Ni a su propia hija dejó en paz. El Sata era un mujeriego total y absoluto. Era muy simpático y cariñoso a su manera. No dudaba en ponerme las dos patitas delanteras en el regazo por comerse un trozo de salchicha, su alimento favorito. Se dejaba acariciar y no dudaba en emitir uno de sus roncos maullidos si no le hacías caso. Pero ante una gatita lo demás le importaba bien poco. Ellas a veces lo rechazaban con manotazos y él se quedaba quietecito un rato, chasqueaba la lengua y luego volvía al ataque. Era tan gracioso...

Pese a llamarle Satanás (aunque yo siempre le llamé Sata) era un gato especialmente bueno. Con Sultán se llevaba bastante mal y siempre se hinchaba todo y bufaba ante su presencia, pero ni buscaba el enfrentamiento ni era un gato agresivo. Simplemente era su naturaleza de macho-sin-castrar en su territorio.

La mañana del 1 de agosto del 2002 aparqué el coche para ir a trabajar. Sata estaba en la acera, ¿dormido? Tenía una patita delantera encima de la otra y apoyada en estas su carita de ángel. Me puse nerviosa. No podía estar dormido. Él corría hacia mi coche en cuanto me oía llegar, y cuando me paraba incluso se subía a él. Esta vez no se movió. Corriendo bajé del coche y levanté su cuerpo inerte. Un hilillo de sangre le asomaba en la comisura de la boquita.

Lo cogí y sin poder retener las lágrimas y mi tristeza lo llevé a un contenedor, pues tenía que abrir la empresa en donde trabajo y había dejado el bolso en el coche, abierto por la prisa y la preocupación, y no me daba tiempo de llevarlo a donde merecía. Siempre caerá esto sobre mi conciencia. Ya sé que es donde van a parar casi todos, que él ya no estaba ahí, en ese cuerpo sin la vida que acostumbraba a ver, pero habría preferido para él un final en el lugar donde estaba siempre, entre el descampado o entre los árboles por donde correteaba detrás de sus gatitas y parecía tan feliz.

Solo me consuela su cara de paz y creo que se fue tranquilo y sosegado. Su cuerpo aún estaba caliente y muchas veces me he preguntado si estaría esperándome para despedirse de mí en un último desayuno.

Irais dijo una vez que nuestros gatos no morían, que permanecían vivos en nuestros corazones mientras lo recordásemos. ata, al igual que Leo y otros muchos, seguirán siempre vivos en el mío. Tenían demasiada vida como para que la muerte pudiese terminar con ellos. Que así sea, pues.

03-09-2002