Inicio » Los gatos de María Ra » Lamis el encantador

Lamis el encantador

María Ra

Un día, al salir de trabajar, como tantas otras veces, fui a darles de comer a mis pequeños gatos callejeros. De repente un gato atigrado al que no había visto nunca se rozó contra mis piernas buscando una caricia. Cuando acerqué mi mano, él la cogió con sus dos patitas yempezó a lamerlas. ¡¡Qué encanto de gato!!

Un compañero vino a verlo y lo cogió en brazos. El gato estaba feliz, ronroneaba y le lamía las manos. Enseguida llegamos a la conclusión de que era de alguien, así que no me hice muchas ilusiones y creí que no iba a volver a verlo, pero ¡qué equivocada estaba!. Al día siguiente estaba allí y en cuanto llegué y me senté en el banco me saltó a las piernas y allí se quedó ronroneando.

La comida le importaba más bien poco y ronroneaba en cuanto lo acariciaba. Por las mañanas, cuando salía a tomar el café, él salía de debajo de un coche y me acompañaba hasta la cafetería. En la puerta se quedaba hasta que yo salía y me acompañaba de vuelta al trabajo.

Llegaron días fríos y el pobre se cogió un resfriado enorme. Mi veterinaria me dio unas gotas para los ojos y un jarabe. Creí que no iba a dejarme medicarlo, pero Lamis era un encanto y se dejaba hacer de todo. Me rompía el corazón verlo a la intemperie y pensaba en él desde mi casa cada vez que oía las lluvias y los vientos.

Él se refugiaba en unas rocas pero el frío cada vez era peor, y a veces estaba calado hasta los huesos. Como en mi casa me prohibieron tener un gato más, puse una cunita de mis gatos en la parte trasera de mi coche y allí se quedaba durmiendo calentito todas la tardes. En cuanto llegaba y abría la puerta, allí se colaba porque sabía que era su sitio para la siesta.

Había puesto anuncios para buscarle una casa y un día por fin alguien se interesó por él. Lo tuve dos noches en mi trastero y ¡qué bien se portó! Sabía usar la arena y se puso como loco de contento cuando coloqué su comida, su bebida y su inseparable cunita.

Durmió como un tronco las dos noches que estuvo allí y parecía feliz de tener un techo y yo más por tenerlo conmigo. Cuando lo dejé en la tienda de animales me sentía feliz por haberle encontrado un hogar y triste al mismo tiempo porque no lo volvería a ver. A los dos días la señora me llamó y me dijo que no lo quería, que era un encanto pero que ella quería un cachorrillo. En la tienda no me lo dejaron llevar más, se enamoraron de él porque en el poco tiempo que había estado allí se dieron cuenta de lo encantador que era y se encariñaron con él.

Pero a los dos días apareció Lucía con su gato Pitufo para castrar. Conoció a Lamis y se quedó con él. La llamé al cabo de dos semanas y estaba encantada, y para postre había hecho muy buenas migas con su gato Pitufo. Me invitó a visitarlos cuando quisiera pero no la he vuelto a llamar porque se que Lamis (que ahora se llama Mario) está feliz, con un amiguito, muy bien cuidado y ya no me necesita para nada. Siempre me quedará esa espinita clavada por no habérmelo podido quedar, pero al menos se que está bien.

Han pasado dos meses y todavía lo echo de menos y no es lo mismo ir a tomar el café sin mi compañero al lado, pero, ¿quién sabe?, puede que algún día aparezca otro gato que quiera acompañarme hasta la cafetería, se siente en mi regazo y me lametee los dedos como hacía mi pequeño Lamisín.

06-05-2002