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Rossy

Rossy

En mi casa somos cinco pero yo tengo mi preferida: se llama Rossy. Todos los demás se portan bien conmigo y sé que me quieren, pero Rossy es un caso especial. La quiero, no puedo evitarlo.

A veces se queda mirándome con los ojillos muy abiertos y una expresión en su cara de amor... Un amor tan grande que me emociona, y entonces no puedo evitar abalanzarme sobre ella y darle mimos, mimos y más mimos hasta que le parecen bastantes.

Otras veces está tumbada en el sofá, tan tranquila, tan a gusto, y se la ve tan relajada que me encanta tumbarme a su lado rozándole el cuerpo, notando su calorcillo y dormir. ¡Dios!, podríamos pasarnos así horas, casi sin notarnos, pero sabiendo que nos tenemos la una o la otra.

Cuando está enferma (que han sido contadas veces) no me separo de su lado, noto en mí su propio dolor, y si tiene ánimos, pues mimos, mimos y más mimos hasta que le parecen bastantes.

En ocasiones no tiene ganas de jugar (yo siempre estoy dispuesta) pero bastan dos o tres provocaciones por mi parte y ¡ya está!, ¡a por la pelotita! Qué ratos pasamos solitas con nuestra pelota; a veces he llegado a pensar que no necesito nada más.

Podría pasarme horas y horas hablando de mi Rossy para llegar siempre a la misma conclusión: ¡cómo la quiero! Pero ahora tengo que dejaros, pues siento su voz (maravilloso sonido) que me llama: ¡Zizzu! ¡Zizzu!, y como soy una gatita obediente voy al encuentro de mi ama Rossy... Mimos, mimos y más mimos.

05-08-2004