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Ozzie, mi gatito solito

Jackie

Hace dos años tuve un gatito llamado Ozzie. Era una cruza de siamés, blanquito, y con ligeras manchas café en la cola y en la boca. Tenía los ojos más azules que yo había conocido, grandes y serenos. Lo trajeron desde bebé y yo lo cuidé mucho, lo quería tanto, por Dios que lo quería como sé que él me quería, yo lo cuidaba y él a mí.

En él encontré la seguridad y la amistad que nadie me podía brindar, porque me quiso como yo era y me escuchaba incondicionalmente, siempre calladito, sin hacerme reproches. Y aunque a veces era mala, me quería igual.

Cuando lloraba por las cosas malas parecía entenderme y con la manita me acariciaba la cara, como si quisiera quitarme la pena que yo tenía. Siempre que salía a la tienda me seguía, y adonde fuera, cuando llegaba a la casa me recibía. Cuando se enfermaba, porque era muy delicado, yo inmediatamente llamaba al veterinario para que lo curara, y lo abrazaba sin el temor de que me pudiera morder.

Creo que siempre tuvo mala suerte, porque siempre regresaba a casa lastimado. Solo una vez me dejó sola por tres días –creo que tenía una novia–, pero aún así regresaba y yo sabía que era por mí, porque no quería dejarme sola; era mi angelito.

Un 15 de septiembre llegué a la casa de mi amiga y la encontré llorando porque habían envenenado a su gatita, y lloraba aunque casi nunca la cuidó y la desatendía, pero sentía feo. No tenían dinero para pagar el veterinario ni la forma como irse, así que mi mamá, pensando en nuestro gato, la llevó y pagó por todo. Aun así la gata murió, yo la ví y me dio tristeza y me dije para mis adentros que nunca quería pasar por eso y que era afortunada por tener a Ozzie.

Al otro día mi gato llegó golpeado y llamé al veterinario. Lo inyectó y lo curó, y cuando se le pasó el sedante me miró con sus ojitos para que lo dejara salir. Yo no quería, pero él me lo pedía a cada rato, así que le di un beso y lo dejé salir. Al otro día, como a las ocho de la mañana, escuché a mi mamá que venía llorando. Me levanté de la cama de golpe, la vi y traía a mi pequeño en los brazos. No lo podía creer, estaba muerto, con los ojos azules apagados, sin vida, con el cuerpecito aún tibio. Grité, le pedí que no me dejara, que no era justo, pero él ya no me escuchó más.

Mamá me enseñó dónde lo encontró, y me dijo que sus ojitos se dirigían en dirección a la casa. Sé que quería llegar a donde yo estaba, para estar conmigo. Llamé al veterinario para que me dijera algo, pero a la fecha no sé todavía qué le pasó. La boca estaba limpia y no tenía nada que indicara que fue envenenado; el cuerpo estaba entero, sin golpes, solo un raspón y una bolita en su interior. El veterinario dijo que lo habían aventado con el carro, que se le desprendió el riñón, tuvo una insuficiencia renal y del dolor murió, y que no alcanzó a llegar. Aunque me quedó la duda de que tal vez no calculó bien la dosis o se equivocó de medicamento.

Lo que haya sido me lo quitó, y no pude hacer nada; no se me dio la oportunidad de hacer hasta lo imposible por él. Murió solito en la calle lejos de mi, como si no tuviera a nadie. Nunca voy a olvidar esto y hay una parte de mí que no me perdona el no haber estado ahí.

10-06-2003