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Misha, mi gato y compañero

Susana Saavedra

El año pasado tomaba clases de danza árabe en un lugar a varias calles de mi casa. A menudo regresaba caminando con una compañera. Una noche sentí algo como una sombrita a mi lado derecho y me asusté, porque pensé que era un ratón. Pero no, era un pequeño gato bebé, que me seguía con determinación, como perrito.

MishaTratamos de perderlo, de que se distrajera en algún lado y se quedara ahí, ya que lo último que quería en mi vida era una mascota, menos un gato. Llegado el momento tal vez hasta un pez hubiera aceptado, pero... ¿un gato? Los gatos jamás me gustaron, porque soy amante de los perros, o al menos lo era.

Cuando llegó el momento de separarme de mi amiga, hablamos del pequeño gatito que seguía yendo tras nosotras. Ella no podía conservarlo, tiene un perro enorme que podría matarlo. Lo que se me ocurrió fue seguir caminando y si acaso al llegar a casa el gato seguía tras de mí le daría agua, una lata de atún, que se me hizo lo único apto para él, y eso sería todo. Podría seguir con su vida y yo con la mía. Si lo volvía a ver por mi cochera tal vez le ofrecería algo de comer o agua de nuevo.

A pocas calles de llegar, con el gato detrás de mí, corriendo, porque no podía seguirme el paso, nos encontramos con un perro muy grande que se arrojó contra el gatito, feroz. El pobre minino se erizó valientemente al tiempo que sabía que no podría con semejante adversario. Afortunadamente el dueño salió y tomó al perro por el collar antes de que lo mordiera, y me pidió que tomara a "mi" gato y lo sacara de ahí, porque de lo contrario su perro lo mataría. Sentí asco. Ese gato estaba sucio y muy probablemente infestado de pulgas, pero no podía dejarlo morir, así que lo tomé con la mano y lo puse en alto, para que el perro no lo tocara. Ahora que lo pienso... ese fue el momento que determinó nuestros destinos.

Seguí firme con mi idea de alimentarlo un poco y dejarlo ir, pero al llegar a casa comenzó una de las peores tormentas de la temporada, con mucho viento, rayos y agua cayendo violentamente.

Simplemente lo dejé entrar a mi casa para que no muriera de frío. Ahí le di el atún (que jamás le ha gustado mucho) y agua. Le di un baño a pesar de ser las 11 de la noche y le quité pacientemente todas las pulgas que pude; luego no lo dejé tranquilo hasta que estuvo seco. Lo acomodé en una caja de zapatos y ahí pasó su primera noche.

Al día siguiente traté de encontrarle hogar, sin éxito, y luego lo llevé al veterinario, donde me dijeron que era hembra y que tenía menos de tres meses. Lo llamé Misha. En la siguiente visita me dijeron el error: era macho, pero ya no quise cambiarle el nombre.

Le compré una camita y muchos juguetes gatunos que jamás ha usado. He tratado de entender, sin éxito, por qué le gusta tanto el helado o tantas cosas heladas y dulces, si los gatos no sienten gusto por ese sabor. Por qué no le gustan ni el atún ni la leche, o el salmón que, históricamente, son manjares para un gato; o por qué ama que le de masaje en la cola o por qué no puede quitarse la costumbre de subirse a los muebles de la cocina.

MishaMisha es gris con blanco, y aunque desde pequeño me parecía hermoso en realidad estaba flaco y feo, y tiene la nariz rosa con un lunarcito negro. No es elegante como otros gatos, no es tan independiente y no es muy cariñoso. Le gusta "jugar rudo" para molestia de mis seres queridos, que se escandalizan y me reprochan que tenga los tobillos y los brazos llenos de cicatrices por las mordidas y arañones. ¿Por qué le dejas hacerte eso?, preguntan, y yo respondo: porque no me pide permiso, llega y lo hace.

Tener una mascota es mucha responsabilidad. Por eso me costó tomar la decisión de adoptarlo, porque debo estar con él y quererlo en las buenas y en las malas.

Podrá tener defectos, podrá ser llorón y muy malcriado, pero lo amo. Cuando me preguntan si me gustan los gatos respondo que no, solo Misha. No concibo mi vida sin él. El día en que nos conocimos tal vez él ya sabía que no podía encontrar a alguien que lo amara por lo que es mejor que yo. Lo amo cuando trata de hablarme y no entiendo su lenguaje, cuando duerme frente al monitor de la computadora, cuando tira al piso todo lo que hay sobre los muebles (a veces rompe cosas), y lo amé hasta cuando masticó uno de mis aretes más caros de oro blanco, ¡que aún no termino de pagar!

Casi ha pasado un año desde que llegó. Pero no quiero que se vaya. Ojalá se quede por mucho tiempo conmigo, es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida.

Esta es la historia de Misha.

25-04-2008