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Mis gatitos de los Pirineos

Manolo Román Sánchez

Durante el verano veíamos en nuestro jardín a una gata no muy grande, algo atigrada, que cada día venía, nos rozaba las piernas y casi no nos dejaba andar sin que nos tropezáramos. Era tan cariñosa que empecé a darle comida siempre que venía.

TigretónA los pocos días vi que traía algo entre los dientes y lo escondía tras un macizo de plantas. Pensé que sería un trozo de comida que se había encontrado. Al poco rato la misma operación, y al rato nuevamente lo mismo. Ya con curiosidad me acerqué, y oí unos maullidos tenues...

Ay, Dios mío, pensé; se ha traído a sus bebés. Y así fue, se instalaron allí los cuatro y pasé un verano maravilloso viendo cómo la madre les enseñaba a subirse a los árboles, cómo les llamaba cuando yo les traía la comida, cómo meneaba la cola y los tres gatitos se volvían locos por cogérsela.

El verano acabó y yo me fui a mi piso a 5 km de distancia, pero claro, iba dos veces al día a llevarles de comer. Crecieron y se hicieron preciosos, y les puse nombre: Tigretón, el macho, y Morronegro y Rubia, las dos hembras.

MorronegroLes compraba comida de todo tipo, en lata, seca, y tan variada como tenían en la tienda, pero me aburría y busqué alternativas por Internet, y así les empecé a dar de comer cada día de la semana un menú diferente. Los lunes comida seca, los martes latas, los miércoles pescado, los jueves alitas de pollo, los viernes comida seca, y los sábados y domingos les hacía yo una mezcla con higaditos de pollo, mollejas, corazones y carne de pollo picada, mezclado con verduras ralladas.

Estaban preciosos. Parecían tres bolitas, que iban por el jardín y por todo el pueblo por donde les daba la gana. Pero un día su madre ya no volvió; suponemos que algún coche debió de atropellarla o algún animal de la montaña la pudo malherir. El caso es que no encontré ni rastro de ella por mucho que busqué.

Por suerte los tres gatitos ya eran ya mayores (unos cinco meses, aproximadamente). Y me adoptaron, ellos a mí: me seguían allí donde iba, se me subían en la falda y no paraban de ronronear, turnándose para estar encima mío.

Rubia y TigretónLos días en que nevaba o llovía se iban a casa de un payés y dormían en su porche con paja y muchísimos trastos, cosa que les encantaba, ya que supongo que debieron de nacer allí.

Ahora ya son adultos. Y cuál no será mi sorpresa: las dos hembras están embarazadas, a saber de qué gato, porque la verdad es que en el pueblo parece haber más gatos que personas. Espero que pronto tendremos nuevos gatitos que alegrarán nuestras vidas y a los que seguiremos alimentando, aunque vista la experiencia les llevaremos a esterilizar en cuanto sea posible para que no seamos más de cincuenta dentro de pocos años. Son preciosos, la verdad, y ya son parte de mi vida y de mi familia.

Besos a todos aquellos a quienes les gustan los gatos y se desviven por cuidarlos.

(Fotos, de arriba a abajo: Tigretón, Morronegro, y Rubia y Tigretón.)

20-06-2010