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Mis cuatro tesoros

Mayte Tapia

Mis cuatro tesoros llegaron en una soleada mañana de sábado del mes de abril, envueltos en un sedoso y mimoso envoltorio negro. Hacía ya semanas que los acariciaba a través del vientre de su madre, cuando ella, agotada por tanta carga, se posaba sobre mis rodillas y me miraba con ojos de hastío, como preguntándome si aquello aún duraría mucho.

Aquella mágica mañana, nuestra pequeña pantera dejó de ser cariñosa y comenzó a morder a todos los que tenía a su alrededor. Nos quedamos muy sorprendidos, puesto que siempre había sido un animal tranquilo y muy mimoso. De pronto uno de mis hijos gritó que algo le salía a la gata por la parte posterior: la pobre estaba tumbada en el frío suelo del salón y allí delante de todos sus humanos estaba pariendo.

Un ser diminuto salió de su vientre, un animalito marrón, rayado, con unas pequeñas orejas. Apenas hubo salido la que luego se llamaría Princesa, trajimos la cama que teníamos preparada para tal evento y pusimos en ella a la madre y a la hija.

A los pocos minutos la gata volvió a morder, pero esta vez su víctima fue el pequeño ser al que había alumbrado con tanto esfuerzo. Para evitarle sufrimientos a la cría la cogí y la puse en una caja de zapatos calentita envuelta en toallas, mientras su madre daba a luz a uno de sus hermanos. Al cabo de unas dos horas y en menos de diez minutos nacieron Ron y Forrest, que fueron, y son los más pequeños. De pronto aquel sábado mágico se convirtió en el día más importante en la vida de mis hijos pequeños (10 y 12 años), ya que nunca habían visto nacer a un ser vivo.

Tras el parto madre e hijos se fueron a vivir a una habitación aparte en la misma caja donde nacieron y que aún hoy comparten los cuatro hermanos. La madre se fue de casa para acompañar a una persona con Alzheimer, ya que parecía ser el único nexo que esta persona tenía con la realidad: solo la reconocía a ella, a pesar de haberla visto unas pocas veces en nuestra casa. Pero los peluditos se quedaron a vivir para siempre con nosotros.

Hoy tienen casi siete meses, se están haciendo adultos y crecen felices en un hogar donde son los reyes pese a compartir casa y humanos con un labrador, una gossa d'atura (*), un conejo, un hámster y otro gato más viejo, recogido de casa de unos conocidos cuando iba a ser abandonado por tercera vez. Son los reyes, como he dicho: mimados y consentidos, pero eso sí, esterilizados, para evitar nuevos nacimientos no deseados.

Mis cuatro tesoros son atigrados. Tres de ellos grises: Ron, Forrest y Miu, y una marrón, Princesa. Vivarachos, traviesos, cariñosos, mimosos, la mejor compañía que uno puede tener, siempre dispuestos a escuchar y siempre fieles, con un amor inconmensurable y que no piden nada a cambio, salvo un poco de atención por parte de nosotros.

Si bien al principio no sabía lo que iba a hacer con tanto gato, ahora no podría vivir sin ellos. De hecho, varias personas que en un principio rechazaron tenerlos cuando quisimos buscarles una casa hoy nos han pedido que les diéramos alguno, pero estos tesoros no salen de casa y se van a quedar en el que es su hogar desde aquel sábado de abril en que llegaron por sorpresa envueltos en seda negra.

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(*) Gos d'atura: en Cataluña, perro pastor.

06-11-2011