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Mi querida Lucas

Esther de Peschard

Esta es la historia de una gran amistad entre mi gata Lucas y yo, que desafortunadamente ya no está conmigo y a quien sigo queriendo y ahora extrañando al pasar de los días.

Hace ya muchos años tuve la grata fortuna de criar a una gatita bebé, que llegó a mí gracias a la curiosidad que sentí un día de poco que hacer en la clínica donde trabajaba. Era la época de los 80, y al pleno medio día (en Culiacán, Sinaloa, México las temperaturas en verano son de 40°C) observé que un sujeto arrojó una bolsa de supermercado a un bache en medio de la calle, y pregunté con suma curiosidad a mi compañera de guardia qué sería lo que el sujeto había arrojado tan irresponsablemente al trafico.

Afortunadamente, por la hora y el calor, ese día no había mucho tránsito, así que estuve observando el movimiento de las personas que seguían circulando a pie por la banqueta, hasta que una señora recogió la bolsa, sacó algo de ella y la dejó sobre la banqueta del lado donde nos encontrábamos. Eso aumentó mi curiosidad, pero al poco rato otra persona recogió algo de la bolsa y la arrojó otra vez a la calle, y esta vez la curiosidad fue demasiada y salí, botando la silla, ante la insistencia de mis compañeras de que olvidara el suceso.

Al recoger la bolsa, dentro de ella, vi al gatito más feo que jamás hubiera visto, con los ojos hinchados por una infección, delgado casi en huesos y de apenas unos cinco días de nacido. Lo metí en el bolsillo de la filipina y entré a la clínica; rápidamente conseguí un biberón de evenflo de juguete, leche, gasas y agua estéril, llamé al veterinario ante el asombro de mis compañeras e hice una cita que afortunadamente fue rápida, ya que solo me dio unas gotas para los ojitos y me cambió la leche por una más óptima. Resultó ser una gatita de muchos colores, fea por el maltrato, fría como en el peor de los inviernos, y con poca esperanza de vida...

Y así, con mascota nueva en mano, llegue a casa, donde toda la familia la acogió con agrado. Todas nos encargábamos de su nutrición, mis dos hermanas y mi madre, y se convirtió en la linda bebé de casa. A los dos días abrió los ojos y por instinto supo quien era su dueña a pesar de sus otras tres nodrizas; me seguía a donde fuera y así fue creciendo

Fuimos grandes amigas. Era el guardia de mis propiedades: me cuidaba el sillón hasta que regresaba del trabajo y nadie podía sentarse en ese sillón, ni en mi lugar en el comedor, ni recostarse en la cama. La familia fue cambiando sus destinos, mis hermanas se graduaron y se casaron, mi madre se fue detrás de sus nietos y cambió de residencia, pero mi Lucas permanecía conmigo.

Se convirtió en mi protectora, cazaba y las presas me las regalaba maullando hasta que yo, a veces con horror, tomaba el ratón o la lagartija que me llevaba. Éramos las dos habitantes solitarias de una casa que compartíamos hasta el último rincón, donde hubo cabida para otra dos mascotas más: una perra noble y cariñosa que pronto hizo buena amistad con Lucas y un perico sociable y hablador. Formaron un trío tremendo, dormían juntos, se extrañaban y si alguno se retrasaba de su paseo o salida –incluyéndome a mí– los otros dos lo llamaban.

Pero mi Lucas era única. Solía esperarme en el patio y no entraba a la casa hasta verme llegar. También era mi defensora: los extraños que timbraban eran recibidos por mi gata con desagrado, y los amigos con gran agrado. Y recuerdo esas noches de desvelo cuando yo estudiaba hasta la madrugada y ella, por curiosidad, jugaba con las teclas de la máquina de escribir. Ahora me pregunto, ¿sería un intento de terminar mis trabajos o solo jugar? Creo que era solo jugar y darse ánimos para soportar el incesante ruido de mis compañeras de equipo por toda la casa.

Siempre fue pretendida por gatos hermosos y grandes. Era bella y diminuta a su lado, y para sorpresa de todos se enamoró de un gato tuerto y descuidado, una gato callejero que se encontraba en condiciones desastrosas, al que tuve que vacunar y adoptar porque ella decidió no abandonarlo hasta el día en que murió.

A los meses después de 13 años juntas, una mañana salió al patio de la casa a hacer su ronda matutina y unos desalmados muchachos que hasta la fecha no perdono, y que desgraciadamente no sé quiénes son, entraron a robar fruta (el patio era un huerto), y por diversión malsana asesinaron a mi amorcito Lucas. He tenido más gatos como mascotas, son hermosos, pero ninguno –a pesar de que tengo mis consentidos–, ninguno ha podido ocupar su recuerdo y su lugar en mi corazón.

Donde te encuentres, Lucas, sé que estás conmigo y que vives en mi corazón.

21-05-2003