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Mi Olivia

Paz

Les contaré la historia de un ser maravilloso que llenó mi alma por algún tiempo. El primer día que la vi, en la calle de mi casa, era una cosita entre negra y café, muy flaquita y extremadamente amistosa. Se sentó en mi regazo y ronroneó un buen rato mientras la acariciaba...

A medida que fueron pasando los días me fui encariñando con ella o él, ya que en ese momento no sabia cual era su sexo. Empecé a alimentarla y a cuidarla dentro de mis posibilidades, ya que en mi casa no me dejaron tenerla. Hasta le compré un collar y la llamé Olivia. Jugábamos mucho y durante las tardes la metía en mi habitación a escondidas...

Un día llegué de la universidad y mi hermana me dice que la gatita no ha aparecido en todo el día. Yo me preocupé y la salí a buscar; la llamé mucho pero no aparecía, hasta que de detrás de unos arbustos salió mi pequeña cojeando mucho y gritando. En seguida me di cuenta de que la habían atropellado. La llevé al veterinario y allí comenzó una gran odisea que duró meses. Mi pequeña estuvo muy enferma, no controlaba esfínteres y casi no se movía. La cuidé, la adopté definitivamente en mi casa y poco a poco se fue recuperando hasta volver a ser la loquita que solía ser.

Así fuimos las mejores amigas durante tres años, hasta que en un control veterinario le encontraron una masa en el abdomen. Tuvieron que operarla con una cirugía muy complicada de la que salió airosa y sin una gran cuota de angustia de mi parte. Luego de tres semanas de la operación mi niña comenzó a respirar raro y a comer muy poco. Le diagnosticaron una infección respiratoria, por lo que tuve que darle medicamentos con mucho esfuerzo. Nunca olvidaré una noche en que respiraba muy mal, y llorando encendí la luz. Olivia me miró con dulzura y me lamió una lágrima... Era lo peor del mundo verla así.

Un sábado por la tarde, desesperada porque no tomaba sus medicamentos, le abrí la boquita y se los di con una jeringa. Y fue entonces cuando ocurrió lo peor. Mi niña se ahogó, no pudo toser y la vi volverse dura en un segundo y caer. Yo gritaba como una loca y salí corriendo con su cuerpecito, con la esperanza de revivirla, hasta que llegué a la veterinaria más cercana. Allí me dijeron que había muerto asfixiada. Sentí que me moría con ella, me sentí el ser mas desdichado de la tierra. Esto pasó hace ya casi cuatro meses. La extraño demasiado y la sigo amando, donde quiera que esté.

Después de un tiempo la veterinaria de mi Olivia me regaló un gatito llamado Arturo. Un pequeño gran gato que en un principio tuvo que luchar contra mi tristeza e incluso mi sentimiento de culpa por tener a otro gato, pero que finalmente logró conquistar mi corazón y ha vuelto a hacerme sonreír. Pienso que mi niña me lo envió, tan distinto a ella en su forma de ser, para que me acompañe.

08-10-2003