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Mi gato Jazz

Ximena V.

Cuando tenía 14 años mi gata Ven tuvo seis hijitos. Solo pudimos quedarnos con uno, el más bonito, y los otros los regalamos. Le pusimos Kenshin, por una caricatura japonesa. Kenshin murió cinco meses después, derivado de un disparo con una pistola de diávolos por parte de un vecino sin corazón. Su sufrimiento fue muy largo, pues tras el ataque quedó paralítico y ya no podía jugar. Cuando murió quedé devastada, y pensé que jamás podría encariñarme igual.

JazzAños más tarde llegó Cajeta, una siamés bastante bonita pero un poco huraña. Hasta la fecha, me encanta, pero nunca pude sentir por ella lo mismo que sentí por Kenshin.

No fue así con mi querido gato Jazz. Llegó a mí en mayo del 2007, sin que ninguno de los dos lo planeara. Recuerdo muy bien cómo comenzó todo. Un día llegué a mi clase de francés en la universidad y mi profesor comentó –realmente no muy animado, pues pensó que a nadie le importaría– que en casa de su novia habían nacido unos gatitos, y que debía encontrarles un hogar porque si no los iban a matar. No sé si fue el destino, pero sin pensarlo le contesté que yo quería uno. La simple idea de pensar que un pequeñito podía morir en manos de crueles "personas" me hizo enfadar. El profesor casi no podía creer lo rápido que le había encontrado casa a uno de esos gatitos, y quedó en llevármelo al día siguiente.

Así fue. Al otro día nos encontramos en el campus y me entregó una caja de zapatos con varios hoyos. Inmediatamente la abrí y me encontré con un pequeño gatito bebé, negro, con botitas (sus patas) blancas. Me miraba asustado, con unos hermosos ojos verde oscuro, largos bigotes blancos y ¡pestañas! Bueno, no eran pestañas, más bien una especie de bigotes arriba de los ojos.

Me lo llevé al coche y acomodé la caja en el asiento del copiloto. El minino no se había animado a maullar. Extrañaba a su mamá. Hasta ahí todo iba normal. Pero camino a casa mi gatito comenzó a estornudar. No le di importancia, pero mi acompañante notó que estaba estornudando sangre. Me asusté mucho, pero le prometí al pequeñito que yo lo iba a cuidar. Y justo en ese momento se animó a maullarme. Era la cosa más tierna que me había pasado en mucho tiempo.

Llegando a casa la situación del minino había empeorado. Grandes conglomerados de pus seca se le habían acumulado en los ojos, y ya no podía abrirlos. Lloraba, y a mí se me partía el corazón. En primera instancia sentí coraje hacia mi profesor por haberme regalado un problema, pero luego recordé a Kenshin, y cómo murió tan joven. No quería sufrir la muerte de otro gatito.

La veterinaria confirmó mis sospechas: el gatito tenía un virus. Y encima, también pulgas. Tuve mucho miedo de verlo morir. Me prometí a mí misma que lo cuidaría y le daría todas las medicinas que fueran necesarias.

Debo admitir que en el proceso de curación hubo anécdotas chistosas. Bueno, ahora me río de ellas, pero en el momento fueron horribles. Por ejemplo, un día le eché talco matahormigas en vez de talco para pulgas, ¡y tuve que bañarlo y secarlo con la pistola del cabello! Fue desastre, pero el gatito sobrevivió. Cuando se curó supe que era momento de darle un nombre. Nunca me han gustado los nombres convencionales (Ven, Cajeta, Kenshin, ustedes dirán...). Pero amaba la película de Los Aristogatos. Allí estaba el nombre perfecto. Mi gato se llamaría Jazz.

Durante sus primeros meses, debo reconocer, Jazz era un gato feo, o de una belleza exótica, para que no se oiga tan mal. Tenía cara como de enojado todo el tiempo, pero era muy cariñoso. Nos volvimos los mejores amigos. Conforme fue creciendo se puso muy bonito. Hoy puedo afirmar que es el gato más lindo que he tenido.

Somos muy unidos. Le encanta subirse a mi escritorio, ponerse detrás de la laptop y dormirse con el calorcito que emite. Ama la crema, y siempre le regalo la tapa de los botes para que la lama. Es todo un señorito y nunca come del piso; siempre espera que los alimentos le sean puestos en el comedero. Pero también es muy latoso cuando se lo propone. Ha roto muchas lámparas y le encanta sacar la tierra de las macetas de la sala. Mi mamá lo odia pero lo ama. Más bien es amor apache. Lo quiere tanto como yo, pero no le simpatiza que tome agua del retrete o que le robe su comida a Ven, que ya está viejita. En fin, Jazz y yo somos tan unidos que, cuando me enfermo, él también lo hace. Bien, eso solo pasó una vez pero fue gracioso.

Los gatos son las mejores mascotas del mundo. Son perfectamente independientes, y sin embargo siempre están ahí para darte amor y transmitirte paz. He leído que muchos de ustedes han perdido a sus gatitos, algunos por viejos y otros por algún accidente o enfermedad, como me sucedió con Kenshin. Pero no por eso pierdan la esperanza de volver a querer a un minino. Porque hay muchos allá afuera esperando por encontrar un hogar, y quien sabe, quizá alguno podría cambiarles la vida como me sucedió a mí.

Gracias, Jazz, por haber llegado a mi vida.

05-11-2009