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Mi gato anónimo

Wilder. Lima, Perú

Yo tuve un gato, que fue la cría de una gata que me regalaron y era algo fina. Aunque a ella no le puse mucha atención, mi relato es acerca de su cría. Apareció en un tiempo en que me era difícil expresar las emociones. No lo traté bien, en realidad lo maltraté mucho; de eso me arrepiento y me duele mucho recordarlo. Como ya mencioné, llegó en un momento en el que en mi familia no teníamos tiempo para nadie, y por eso a nadie se le ocurrió darle un nombre.

Y creció mi gatito. Para su mala suerte yo tenía una perrita a la que le gustaba jugar con él, pero a algo que no le gustaba a mi gato, que era perseguirlo por todos lados y no dejarlo en paz. Por eso mi gato agarró la costumbre de dormir en sitios altos, la mesa, una bicicleta, el repostero, una banca, en cualquier sitio alto donde mi perrita no lo alcanzara.

Mi gato se hizo huraño por la falta de atención. No dejaba que se le acercara nadie, solo paraba en mi casa porque era muy tímido para escaparse, no aceptaba afecto de nadie porque eso no era constante, y el cariño que pudieran darle luego se lo quitaban. Mi gato aprendió a no confiar en nadie; años pasaron y su carácter se formó así. Llegó a adulto y aún era tímido. En algunas ocasiones se acercó a mí, se quedaba dormido en mis pies, y no recuerdo que alguna vez en ese tiempo ronroneara.

Pasó el tiempo y yo superé mis problemas, y la bondad y algo similar se hicieron de mí, y mi corazón se abrió y me di cuenta de que mi gato no era un gato cualquiera; era mío y tenía la responsabilidad de cuidarlo. Comencé a atenderlo y a cuidar de que no lo maltrataran, y a tratar de acercarme a él y que pudiera confiar en mí. Así pasaron algunos meses y mi gato se acostumbró a que lo atendiera. Comenzó a seguirme y a buscarme. También luego se metía a mi habitación, donde no entraba mi perrita, y pasaba tranquilo y yo le daba su comida ahí para que no tuviera que salir. Empezó a darme confianza, a sentir que yo lo protegía, y a dejarme acariciarlo, aunque aún no respondía.

Llegó un día, luego de un tiempo más, en que lo sentí ronronear. Me dio mucho gusto, pues no lo vi asustado, y me di cuenta de que se sentía a gusto conmigo, y me hizo feliz saber que el tiempo que le dediqué servía para curar sus dolencias tal cual curaron las mías. Entonces jugamos algunas veces.

Hace un tiempo me retiré de mi casa a vivir en otro lugar. Pensé en llevarme a mi gato, pero como ya tenía su edad y había hecho sus amigos con otros gatos, supuse que podría sufrir y lo dejé, y cada cierto tiempo iba a ver como andaba de paso que visitaba a mi familia.

Un día, en diciembre pasado, me siguió a mi habitación y me dejó acariciarlo como nunca. Me dio la confianza que yo buscaba hacía mucho y me dejó acariciarlo más, y al parecer le gustó. Primero puso las patitas delanteras sobre mí como un abrazo; luego levantaba el cuerpo, empujando mi mano que le acariciaba para sentir más la caricia, y por ratos no sabía que hacer: se levantaba, me acercaba la cabecita. Así estuvimos por una hora, y fue la última vez que lo vi, esa misma vez que expresó su cariño hacia mí.

Poco tiempo después llamé a mi casa y me contaron que estaba gritando. Al parecer mis vecinos le dieron veneno, y mi gato murió frente a la puerta de mi habitación, seguro buscándome. Yo no habría sabido qué hacer para salvarlo, no estuve ahí, solo sé que me duele mucho, que no lo volveré a ver, que no me mirará de lejos preguntándome con la mirada si ya le voy a dar su comida. Siento un horrible nudo en la garganta, porque no sé llorar; solo se me escapan las lágrimas.

Es un gato, me digo, pero es mi gato, me gané su confianza, me gané su aprecio. Quisiera que publiquen estas líneas porque es mi manera de honrar a mi gato, a mi gatito Michi Miau, que a veces le decía. Tenía alrededor de cinco años y no se merecía que le pasara lo que le pasó: nacer en mi entorno, vivir en mi ambiente, solo disfrutar un año de sentirse a gusto conmigo, y morir así.

Quisiera saber qué les pasa a los animales después de la muerte, quisiera poder reclamarle a alguien que me lo devuelva, que ahora sí me lo llevaría, y que cuidaría de que fuera feliz. Preferiría verlo morir de viejo y sufrir yo, mas no él, que esa muerte que tuvo no es nada sutil, ni rápida, y muy injusta.

15-04-2010