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Mi gatina Parla

Javier Fano

Mi mujer y yo tenemos un negocio con la suerte de tener un pequeño jardín en la parte trasera. Un buen día, al asomarme a una de las ventanas del jardín, vi pasar fugazmente a dos renacuajos pequeñitos de no más de dos meses camino del sótano que teníamos debajo de la tienda... Fue impactante, jamás había visto a unos cachorros de gato en libertad tan cerca de mí; la madre iba detrás de ellos vigilándolo todo, protegiéndolos de cualquier cosa.

Aquellos enanitos llenos de ternura enseguida se apropiaron de nuestros corazones; les poníamos de comer, y mientras espiábamos desde la ventana cautelosamente se acercaban a los pocillos, recelosos pero hambrientos... Era septiembre del 2007. Minzy, el negrito con la pechera blanca, y Triqui, blanquita como la nieve y con alguna mancha gris.

Al cabo de unos días conseguí que los dos jugaran con un carrete de hilo... Era una pasada verlos, yo que nunca había tenido contacto con ningún gatito.

Vino el invierno con toda su crudeza y ocurrió la desgracia. Triqui enfermó de catarro y como no había manera alguna de medicarla, pese a intentarlo, se nos murió... El día 1 de enero del 2008 fue la última vez que se dejó ver. Qué impotencia nos envolvió, fue una cosa espantosa verla morir así, sin poder hacer nada.

Llegó la primavera y la sorpresa fue que vimos a Minzy con una pata toda ensangrentada. Después del susto comprendimos que tan solo era que había estado merodeando por la zona donde su madre había tenido en ese momento tres nuevos pequeñines. Qué alegría nos dio aquello... Por fin Minzy no estaría solo. Los tres enanitos nuevos enseguida recibieron nombre: Parla y Baco, dos pequeñajos, y Rudy, una nena. Parla, pardita, y Baco y Rudy, pintos. Fue el 31 de marzo del 2008.

Tenían tres meses cuando ocurrió... Yo tenía una rodaja de mortadela en las manos cuando de pronto Parla se acercó a mí y empezó a comerla de mi mano. Jamás conseguí que Minzy se acercara a menos de tres metros de mí, aquello es imposible de olvidar... Parla me habia conquistado.

Pasadas un par semanas, una mañana de julio vino la desgracia. Me encontré a Parla inconsciente, tumbado en las escaleras del jardín... ¡Qué horror! No sabía qué hacer. Lleno de nervios cogí una caja en el almacén, la metí dentro y marché corriendo al veterinario más cercano. Le diagnosticaron una anemia bestial, y lo más terrible, leucemia felina. Había que hacerle una transfusión cuanto antes para salvarlo o bien dormirlo para siempre... Qué cosa tan espantosa. No iba a dejarlo morir de esa manera, así que después de mil vueltas a la carrera para conseguir un donante felino que diera un poco de su sangre, le hicieron la transfusión... Allí quedó en la incubadora con oxígeno y pinchadito con sueros tres días. Qué pena tan grande daba verlo.

Logramos salvarla (cambio a llamarla niña porque cuando era pequeñita y no sabíamos su sexo mi mujer se empeñó en que era una niña, y de ahí vino el nombre de Parla, mi niñina hasta hoy). Como digo, logramos salvarla, pero con una gran amargura, porque su veterinario nos dijo que debido a la leucemia sería una gatita burbuja que había que preservar de cualquier infección. Como consecuencia le pusieron un tratamiento a base de grandes dosis de cortisona.

Con el alma en un puño nos la llevamos a nuestra trastienda y allí la tuvimos unos días mientras se recuperaba de la anemia. Aquello fue un drama, porque desde la ventana veía a su madre y hermanos en el jardín y no paraba de maullar llorando por ir con ellos. Lloraba incluso mientras bebía agua del pocillo, y le salían lamentos con burbujas... Quedó afónica de tanto lloro. En esos días desgraciadamente no pudimos llevárnosla para casa (pasábamos el doble de horas en la tienda más que en casa y optamos por tenerla allí, quizás equivocadamente).

Mejoró mucho y al poco decidí que volviera al jardín que la vio nacer, no en balde era una "nacida libre"..., como en esa maravillosa película de la leona Elsa. Los siguientes meses fueron de auténtica felicidad, jugando con sus hermanos y aprendiendo de su madre, si bien nosotros siempre estábamos angustiados por su problema de la leucemia y de la cortisona para paliarla, que sabíamos que iba a perjudicar su crecimiento. Un buen día de noviembre del 2008, me la cogí y la lleve a vacunar, pedí que le hicieran nuevamente el test de la leucemia y la alegría fue enorme, ya que no tenía leucemia: el primer test había sido erróneo y falseado por la anemia, si bien el daño de tanta cortisona en su desarrollo durante tantos meses ya estaba hecho.

Poco a poco fue haciéndose grande, con algún catarro que otro, heriditas en los pies y cosas típicas de vivir al aire libre. Por fin cumplió un año, pero fue entonces cuando surgió otro problema.

Minzy, su hermano mayor, que la había cuidado tanto de cachorro, e incluso sus hermanos de camada, más fuertes y grandes, empezaron a rechazarla, quizás porque la veían más débil, aunque ella les daba mil vueltas en inteligencia, habilidades y cariño hacia nosotros. Las persecuciones y los ataques cada día eran más violentos y la pobre siempre iba a refugiarse en un arbolito... Allí pasaba horas y horas todos los días, sin atreverse a bajar. Tan solo bajaba cuando yo iba a buscarla, sabiéndose protegida.

Hartos de tanta persecución, decidimos que lo mejor era que durmiera en la trastienda; no más sotano como casa... Allí al menos estaria a salvo de los crueles ataques. Fueron sus mejores momentos: cariñosa, continuos cierres de ojos al vernos, juegos... A mi mujer y a mí se nos caía la baba.

Inimaginablemente, poco iba a durar aquella situación. A los cuatro meses de tenerla allí le vino una diarrea tremenda y una extraña falta de apetito; la cosa ya duraba tres semanas y no remitía, así que a finales del pasado mes de diciembre la llevé de nuevo a la consulta, pensando, infeliz de mí, que con cualquier cosa que le darían se le quitaría el problema... Llegó entonces la peor noticia que podíamos esperar: tenia peritonitis infecciosa felina, el asqueroso Coronavirus iba a reventarla ... La muerte era segura. Aquella noche, después de que el veterinario me dijera que la cosa no tenía solución, me hinché a llorar desconsoladamente. Cómo era posible aquello, qué impotencia más grande me envolvía. Mi niñina herida de muerte.

Esto sucedió el 21 de diciembre del año pasado. Los días siguientes fueron de un sufrimiento inimaginable. Medicándola cada doce horas otra vez con la maldita cortisona y acompañándola día y noche. Cerraba el negocio a las nueve de la noche, cenaba y marchaba corriendo a estar con ella hasta la tres o cuatro de la madrugada... Ha sido un tormento, una maldita pesadilla ver como mi niñita cada día empeoraba, disminuyendo de peso e hinchándosele la pancita... Qué horrible fue. La falsa ilusión era que, encontrándose muy mal, al menos no gemía, aunque siempre estaba tirada y sin ganas de nada.

Finalmente, el domingo 10 de enero, sobre las cinco de la mañana, la dejé tapada con uno de mis jerseys en su camita. Cuando volví a las diez a cuidarla, mi niña estaba ya en cielo... Tal como la habia dejado cinco horas antes, tapadita en su cuna y sin la postura cambiada. Que desolación... Había cumplido un año, nueve meses y diez días.

La cogí en brazos envuelta con el jersey y me di un paseo con ella por su jardín, paseando alrededor de su árbol favorito... Las lágrimas de dolor se me iban clavando una tras otra en el corazón. Algún que otro vecino me miraba asombrado desde su ventana, pero qué importaba... Parla no era un gatito para mí, era mi niñina querida.

El dolor y la tristeza nos acompañan a todas horas a mi mujer y a mí desde que Parla no está, y es que aunque tengamos a otros gatitos a los que cuidar, estos apenas sobrepasan el umbral, como lo hizo ella, de ser algo más que un ser pequeñito querido. Ahora se hace muy difícil entrar cada poco en la trastienda y no verla allí con su mirada de chinita... Quizás sea el hecho de no tener hijos y habernos volcado emocionalmente por completo en ella, y la impotencia de haber querido protegerla y mimarla desde que vino al mundo y no haberlo conseguido. Qué amargura...

Ahora sus cenizas reposan en su lugar favorito de la trastienda, el sitio donde fue feliz.

30-03-2010