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Mejor acompañada, imposible

Liz Meza. Bogotá, Colombia

Mi vida cambió desde el momento en que decidí tener por compañía un gato. Desde hace más de catorce años vivo sola. Felizmente sola, después de haber comprobado que no todos nacemos para el matrimonio. Sin embargo, hace dos años, empecé a desear tener un gato que compartiera conmigo mis fines de semana frente a un libro, escuchando buena música o simplemente viendo TV.

Lolita y MatiEn mi casa paterna toda la vida hubo un gato. Pinocho, Félix, Margarita, Eulalia y muchos más. Con cada uno de ellos tuve una relación muy linda y fueron siempre, más que compañía, parte de mi familia.

Mi hermana favorita y mis sobrinos se enteraron de mi deseo y en una venida a Bogotá se dieron en la tarea de buscarme el gato. Les cuento que en Bogotá es muy fácil comprar un perro, un canario, un hámster, un conejo, una tortuga, una rana, pero un gato... ni de casualidad.

Después de que mi hermana visitara sin resultado cuanta tienda de mascotas halló, en una le dieron el teléfono de la sociedad protectora de animales. Llamé y les manifesté mi deseo de tener un gatito. Cuál no sería mi sorpresa cuando la señora que me atendió me dijo que no era así de fácil. Primero tenía que hacerme unas cuantas preguntas para verificar que yo cumplía con los requisitos necesarios para recibir en adopción no a un gato, sino a dos, y me explicó que un gato se deprime al estar tiempo sin compañía e incluso puede enfermar y morir.

Una vez que la señora averiguó todo de mí –ocupación, amistades, vecinos, hasta las condiciones de mi apartamento–, me leyó un listado de elementos que debía comprar y algunos cambios que debía hacerle a mi apartamento, y concluyó que cuando cumpliera con todo lo indicado me visitaría para entregarme los gatos.

Les confieso que me parecieron muy complicadas tantas exigencias y pensé, sin decirle nada a mi hermana, que lo mejor era seguir solita. Pero mi hermana y mis sobrinos siguieron con la idea de los gatos y al finalizar la semana se aparecieron con dos bolitas de pelo blanco, café y negro, de apenas tres meses.

Hoy, después de casi dos años de su llegada, puedo afirmar con certeza que Lola y Mati son las amigas más divertidas que he tenido en toda la vida. Pese a que son hermanas, cada una tiene una personalidad bien distinta.

Lolita es la mayor y la dominante (en la foto es la que se está dando un baño). Creo que es la encarnación de Marilyn Monroe. Cuando llego del trabajo o pasa a visitarme algún amigo se acuesta, estira las patitas y adopta una pose muy sensual, de forma tal que quien la observa sucumbe ante ella y no puede dejar de acariciarla.

Mati, por su parte, es muy reservada y medida. Al contrario de su hermana, elige cuándo, quién y qué tanto la acarician. Pero no puedo decir que es una santita, no. Tiene una debilidad y es el hurto. No puede ver un objeto pequeño, y aun mejor si brilla: inmediatamente, y con mucho disimulo, lo toma en la boca y sale corriendo a esconderlo en su cama. De su cama he recuperado chocolates, lapiceros y varios de mis aretes.

Bueno, los dejo, que mis amigas esperan su acostumbrado masaje capilar.

25-09-2008