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Marcelino pan y vino

Anna

A Marcelino lo encontré un día a pleno sol, a mis 8 años de edad. Nació salvaje en un terreno inhóspito; tendría tres o cuatro hermanos, aunque no me dio tiempo a verlos bien porque escaparon raudos cuando me descubrieron.

Marcelino se encaramó a una higuera y yo lo seguí, pero saltaba de rama en rama como fiero gato criado en la naturaleza. Me arañó los brazos pero por fin lo pude coger. Ya era mío. Lo metí en una caja de cartón y él bufaba y arañaba tratando de escapar. Habría unos 4 km hasta mi casa y el sol daba de lleno en el camino; yo sudaba, hacía tanto calor...

Al fin llegamos a casa, exhaustos y estresados, y Marcelino no cesaba de maullar. Abrí la caja y saltó cual resorte, me arañó de nuevo pero por fin respiré tranquila. ¡Lo había conseguido! Estábamos en casa Marcelino y yo. Mi gato y yo.

Era bravo y tan dulce al mismo tiempo..., una fiera y un corazón de azúcar que derritieron el mío. Destrozó el sofá de eskai que mi madre tenía como una joya, se afilaba las uñas en los muebles y no paraba quieto.

Diez días estuvimos juntos Marcelino y yo. Un domingo por la mañana, al despertar, mi primer pensamiento, como siempre, fue Marcelino. Me lo encontré muerto delante de casa, tirado en la carretera como un saco vacío; tenía la cabecita torcida y la boca abierta con un hilillo de saliva asomando entre los dientes.

Han transcurrido 27 años desde entonces.

Una noche llegaron a mi puerta dos niñas de unos 15 años. LLovía y tenían las ropas mojadas. Cada una de ellas llevaba arrebujado algo entre los brazos. En ese momento descubrí una cabecita dorada como el sol... ¡Era Marcelino! Mi gato brillando en la inmensidad de la noche... El corazón me dio un vuelco. A su lado había otro gatito, su hermano, blanco y grisáceo con las orejas rosadas.

A Marcelino lo tengo en el regazo en este instante y me lame las manos. Bobby, su hermano, está en el salón. Hoy los he ido a vacunar. Son mis príncipes, los príncipes de mi reino.

23-05-2002