Inicio » General » Manolo

Manolo

Ángel Oliver

Hoy he sabido, sin detalles, cómo murió mi gatito. Tenía cuatro años y era atigrado y fuerte, pero con ese cariño digno que solo los gatos pueden ofrecer. O quizás hay otros seres que no conozco igual de capaces.

Era verano y se presentó por fuera de la terraza con su porte de juguete animado capaz de absorber la atención y el cariño de un bebé de pocos meses. De momento solo pedía, y con qué personalidad, comida. Después se ponía a dormir o a pensar bajo los coches. Hasta que hubo que tomar una decisión: con unos guantes y una manta y jamón dulce se encontró en esas cajas horribles con rejas. Se rebeló y me dejó su firma en la piel.

Se adaptó bien con un perro y una gata que entonces vivían en casa. Con el tiempo tuvo nombre, Manolo. Le dejaron inservible sus atributos, aunque sus pequeños huevecitos, negros, eran un simpático adorno y pasó a ser alguien imprescindible.

Buen comedor de pescado y carne, soñador de día y ausente con la luna hasta el nuevo día. A pesar de que las gatas no eran su objetivo se peleaba y hubo que operarle: un compañero le clavó las uñas. Sobrante de cariño y caricias, hablador, depredador chuleta del tipo "ahí va eso", aunque algunos de los pajaritos que me presentaba logré salvarlos. Supimos ser amigos, jugar y charlar (¡cómo lo hacen los gatos!) sin pasarnos.

Yo tenía esa parte de felicidad que da un ser honesto, que reconoce a quien le da afecto. Todo sencillo y grande a la vez.

Tenía miedo contenido hasta una noche en que lo descubrí cruzando una calle con tráfico: comprendí que no vería a Manolo como gato viejo. ¿Pero qué puede hacerse con quien necesita salir y lo pide con uñas y lamentos?

El jueves, anochecido, salió como siempre, altivo, saltó la terraza y yo no pensé en nada especial; es verdad que mi miedo lejano me avisaba a veces. No esa noche.

Desperté tarde y, cosa rara, no pensé inmediatamente en Manolo ni fui a ver la terraza donde tenía su sillón para dormir cuando no venía a la cama. La alarma que avisa de lo inevitable. Pero todavía la esperanza que dura todo el día, pensando en lo imprevisibles que son los gatos.

A la noche llegó la casi certeza, llorar y pensar. Con mi compañera recorrer los alrededores y decir su nombre; eso aliviaba. He preguntado a vecinos y por fin hoy un amigo me ha dado la pista: vio en la carretera un gato poco después de ser atropellado. He ido y sí. Manolo no estaba pero sí su collar destrozado y restos de su sangre y su pelo aplastado.

He llorado sereno, sin rabia ni sentimiento de culpa. Mis amigos me han ofrecido conversación y comprensión, son grandes amigos de sus animales. Y me han abierto la mejor botella de whisky que tenían.

Es mejor saber qué ha pasado, pero el dolor es fuerte, soy incapaz de comer. Solo he podido salir para llevar comida a unos gatitos callejeros que alimentamos entre varios vecinos: me ayuda. Cuando esté más sereno seguramente invitaré a casa a uno de ellos.

Un psiquiatra diría que estoy elaborando mi duelo y es probable que tuviera razón.

Pero sé que es difícil que haya querido a alguien como a Manolo.

25-08-2009