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La operación de Willy

Dulce

Todo empezó un día en que el esposo de mi mamá me comentó que uno de sus clientes, quien tenía un gato, se iba a cambiar a un apartamento muy pequeño, por lo cual no podría llevárselo. Tenía pensado ya fuera regalárselo a él, porque a mí me encantaban, o bien sacrificarlo, cosa que me pareció horrible. Sin preguntar más le dije que me lo trajera, que no podían sacrificar a un animalito nada más así.

Eran la 7:00 de la noche de un martes cuando el esposo de mi madre llegó con una gran caja y ¡oh sorpresa!, al entregármela veo al gato más hermoso que me hubiera podido imaginar, un siamés enorme precios. Por demás está decir que me robó el corazón de manera inmediata, nos identificamos tanto que creo que ese gatito tenía que estar en mi vida para enseñarme muchas cosas.

Entre esas muchas cosas siempre tengo en mi mente el día en que lo operaron (castración). Mi madre me puso como condición para que me adoptara el gato que fuese operado inmediatamente, cosa que yo acepté. Total, luego de valorar perfectamente el estado de salud de Willy (así se llama esa hermosura) hice cita para su operación, no sin antes hablar con el veterinario para que me dejara estar presente, cosa que él aceptó, porque, como vecino mío, sabía que soy paramédico.

El día de la operación de Willy me presenté en el consultorio ataviada con mi bata blanca, mis guantes estériles y un cubreboca, sintiéndome –he de confesarles– un tanto orgullosa y un tanto dueña de la situación.

Todo empezó bien. Willy fue anestesiado y comenzó la operación. Extrajimos el primer testículo sin ningún problema, pero cuando el veterinario trabajaba en el segundo tomé del pecho a mi gato y se apoderó de mí una infinita sensación de angustia cuando al percibir una repentina taquicardia. Sentí una especie de mareo y sin más mi cuerpo no aguantó y perdí el sentido

El veterinario me recostó en un mueble y siguió atendiendo al gatito. Durante mi letargo me vi saltando de noche por los tejados, cosa que me causó mucha gracia, ya que me vi como dentro del cuerpo de un gato. Me sentía feliz y muy segura de que mis saltos eran perfectos; en eso quise saltar de un techo a otro pensando que lo haría muy bien, pero mi salto fue tan apresurado que no alcancé el segundo techo y caí. En mi caída pensaba que de no haber sido tan confiada y orgullosa tal vez lo hubiera hecho mejor. Recobré el sentido con un ataque súbito de risa al comprender lo fantasioso pero útil de esta pequeña reflexión obligatoria que me hizo tener mi gatito.

Todo salió muy bien en cuanto a la operación y la recuperación de mi gato, sin embargo hoy no puedo evitar la vergüenza que siento ante el veterinario, ya que alguna vez muy ufana le comentaba la gran cantidad de operaciones en las que había estado.

La gran vulnerabilidad que me hizo sentir el hecho de ver a mi gatito en la mesa de operaciones, y la gran lección durante mi desmayo, me enseñaron que por encima de todo lo que un ser humano haga o sepa, cuando los sentimientos afloran no hay profesión ni ciencia que sea capaz de imponerse ante estos.

Afortunadamente el médico fue muy comprensivo, pero no dejo de pensar en la gran lección de humildad que sin querer dio mi gato, ya que si yo no hubiese sido tan orgullosa no habría pasado por el ridículo de desmayarme en una operación tan sencilla como una castración.

Agradezco su atención. Esta es solo la primera de muchas anécdotas por las cuales afirmo que un gatito es más que una mascota, y que Willy me ha cambiado la vida, ya que hoy trato de no alardear con mis conocimientos sino hacer que estos me vuelvan más modesta y comprometida con los demás.

Gracias, Willy.

30-04-2003