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La miseria de los gatos: la miseria humana

Carmen. Madrid

Me encantan los gatos. Nunca hubo mascotas en casa, pero las circunstancias de la vida me trajeron a mis adorables Aslan y Narnia. Desde entonces el mundo animal, que ya admiraba antes pero no amaba tanto como ahora, me ha sensibilizado por aquellos animalitos más tristes, desdichados, torturados o lo que la miseria humana es capaz de hacer.

Ayer fue un día triste. Falleció el padre de una gran amiga mía y el día se me volvió gris, melancólico y ceniciento al imaginar el trance tan amargo por el que tendría que estar pasando mi amiga y su familia. Se fue, ya no le vería más, ya no le oiría reír, ni llorar, ni sus pasos en el salón, ni charlar con ella, nunca más. Jamás volvería a besar a su mujer, cogerla de la mano, como yo misma le vi hacer, no, nunca más. Ayer fue un día triste, tristísimo.

Fuimos al Tanatorio y solo había lágrimas y algunas palabras que sabes que suenan a hueco pero tienes el deber de decirlas. Para que sepa que estás allí con ella, que puede contar contigo, siempre y en todo momento. Palabras huecas al fin y al cabo, porque ella no está aquí, en su ausencia está con su padre muerto, con su padre que se fue, vaya a saber Dios dónde.

Anoche hizo un frío intenso en Madrid, helador. El viento nos dejaba los cuerpos tan gélidos como lo estaba el alma. Al fin, como despertados de un sueño, decidimos regresar mi novio y yo a casa. Fuimos en metro, por los alrededores del Tanatorio se aparcaba mal, y salimos a enfrentar el frío invernal. Caminábamos cogidos de la mano, intentando sentir el calor del otro, certificar que estábamos allí, que no nos habíamos ido, como el padre de mi amiga.

Entonces fue cuando vi a los pequeños refugiados entre los coches, el macho intentando montar a la hembra. Eran vaquitas, tan sucias y escuchimizadas que apenas se podía ver cuál color era el negro y cuál el blanco de su pelo. El macho tenía mordida a la hembra en el cuello, pero aún no estaba encima de ella. Y la gata, allí agazapada, esperaba con resignación que aquel macho sin fuerzas se le acoplara.

Seguimos nuestro camino. Ni siquiera los intenté separar, ¿para qué? Ellos seguirían con su mísera vida: el gato buscando siempre una hembra y peleando con otro gato hasta morir un día; y ella, teniendo camadas una y otra vez, hasta que su pequeño cuerpo no aguantara más. Ninguno de los dos era culpable de nada, era su naturaleza, su vida, su miseria. "Su miseria", me dije, mientras hacía en mi mente un croquis de la vida de esos dos gatos.

Y la nuestra. Nuestra miseria humana, arrastrarse como ellos hasta morir, el dolor, el llanto, pasar al lado de otra miseria y mirar a otro lado, la in-esperanza de la muerte.

Ayer fue un día triste, tristísimo, murieron tres seres maravillosos para mí.

10-03-2009