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La historia de Pishika

Supertigresita

Toda la adolescencia la viví con mi adorable gata tricolor. Sabía todos mis secretos, mis alegrías. Solía llamarla mi hija, porque así la consideraba; solo aquellos que han querido a un animal así me entenderán.

Hacia el año 1990, cuando tenía 13 años, me regalaron un gato, o eso parecía porque nadie sabía su sexo. Lo llamaba Tom, pero después nos dimos cuenta de que no era él sino ella, y la llamé Pishika.

Mi relación con ella era fortísima. Me esperaba cuando llegaba del colegio; cuando hacia las tareas dormía en mi falda; era mi gran compañera, dormía a mi lado, y sabía tan bien que mi mamá la apartaba que se ocultaba hasta que ella se fuera.

Conoció a mis novios; si le gustaban se acercaba y si no se alejaba, al menos esa era siempre la impresión que me daba. Comía a mi lado de mi boca, éramos solo ella y yo, inseparables. Ya para mis 18 años empecé a trabajar y ella empezó a ser también mejor tratada en lo que a comida se refiere.

Para 1998 se enfermó muy gravemente y aun en su agonía no se apartaba de mi lado. Sufrí mucho y la llevé al veterinario con dinero prestado. Me dijo que estaba así porque solo una vez tuvo gatitos y algo pasó con sus hormonas.

Llegué del trabajo y murió. No puedo describir lo que sentí: que un pedazo de mí se arrancaba, un pedazo de mi vida pasaba, un ciclo entero se acababa.

Miles de recuerdos pasaron por mi mente. Éramos ella inerte y yo inconsolable, y mi padre y mis hermanas tenían pena de verme sufrir así. La enterré bajo la ventana de mi habitación, envuelta en una sudadera donde ella se acomodaba, y le puse un anillo mío, para que nunca se olvidara de mí.

Pasaron seis años y no la olvido y nunca la olvidaré. Siempre contaré la historia de ocho años que viví con mi hijita Pishika.

17-08-2004