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Historia gatuna napoleónica

Napoleón

En el año 2005 me acababa de mudar a mi primera vivienda, y de protección oficial además. Tal como está el mercado no da la cosa para más... Mi pareja trabajaba y estudiaba a la vez, así que no le veía mucho el pelo; yo estaba sin trabajo desde hacía al menos seis meses y tampoco lo encontraba, fue una mala racha.

NapoMi piso no estaba amueblado (con la hipoteca el sueldo restante no daba para más y había que esperar y sigo esperando...), salvo lo indispensable: un colchón, la cocina y los baños, y un sofá que pude comprar al poco tiempo de estar mi gato con nosotros.

Por entonces, debido al cambio de vida, al hecho de estar sin trabajo, a lo desmoralizante que fue no encontrarlo y no encontrar en mi casa el apoyo que buscaba, porque siempre estaba vacía y no me esperaba nadie, por todo esto me deprimí bastante... Y empecé a darle vueltas a la idea de tener una mascota en casa, pero claro, tampoco tenía dinero para comprar.

Una tarde de las muchas de aburrimiento pasé por una tienda de animales que se hallaba muy cerquita de mi casa y pregunté por un perro, un perro labrador, pero la idea se esfumó al escuchar el no rotundo de mi pareja al llamarlo por teléfono en ese momento. Así que, como sabía que le encantaban y le encantan los gatos, pregunté por gatos, y tenía dos pequeños persas que le quedaba de una camada.

Cuando la dueña de la tienda me enseñó los mininos me quedé prendada de uno y quise comprarlo sobre la marcha. El gato tenía un mes exacto. No tenía dinero, pero dio la casualidad que recibí una llamada de una persona que se ofreció a prestármelo, más bien regalármelo, siempre que de la compra del pienso y demás me encargara yo.

NapoY así fue. Volví a llamar a mi pareja para decirle de un gato persa que había visto con cara de bebé, de niño chico, cabezón, de ojos muy grandes y mirada tierna, pero igualmente me dio otro no rotundo.

Aún así me arriesgué, puesto que los dueños de la tienda me daban un día para devolverlo en caso de rechazo por parte suya. Es que no se podía perder a este gato, pensaba yo, así que pillé una bufanda, lo envolví en él, compré todas sus cositas, como la leche de gatos, dejando algunas fiadas... y me fui para casa. Como no tenía dónde ponerlo, lo dejé durmiendo encima de un tendedero portátil liado en una bufanda marrón a cuadros.

Sobre las 11 de la noche llegó mi marido. Va venía mosca porque su madre le había avisado de que un gato le esperaba en casa sin su consentimiento, por lo que, nada más llegar, buscó con la mirada a ese "minino ocupa" que tanto le molestaba. Y cuando lo vio dijo así:

–¡Qué cosa más fea de gato, mañana está de vuelta en la tienda ya! Lo quiero fuera de aquí a primera hora.

Se produjo un silencio y yo me rendí en ese momento, y pensé: ¡jo, con lo sola que me siento en este piso! Pero, una vez más calmado, añadió:

–Bueno, bájalo de ahí y desenvuélvelo para que al menos lo vea bien antes de acostarme.

Lo bajé del tendedero, lo desperté, lo despojé de la bufanda y lo coloqué en el suelo... Y ahora viene lo mejor. Primero miré al gatito, luego a mi marido, que se mordía el labio inferior tratando de contener una sonrisa, y acto seguido desvió la mirada. Pero volvió a mirar, y por fin dijo:

–Anda, quita a ese gato de mi vista.

Cuando me dispuse a hacerlo, sintiéndome ya un tanto victoriosa, me pregunta:

–¿Y qué nombre le vamos a poner?

–¿Nombre? Pero si tú no quieres al gato en casa.

–Bueno, ¿qué nombre le ponemos? Anda, corre, llama a mi madre y dile que tenemos a un gato guapísimo, qué cosa más chula, qué cosa más bonita! –Y empezó a babear más que yo y, como no, se seguía mordiendo el labio inferior.

NapoA todo esto le dije, con toda la psicología del mundo, para asegurarme de que el gato se quedara en casa, que él mismo le pusiera nombre. Después de mencionar unos cuantos en voz alta le puso por fin Napoleón. Y desde ese momento el gato ya era suyo. Llamé a su madre y le puse con él. Mi marido hablaba eufórico y quería hacerla venir aunque era ya medianoche, y le contaba lo muchísimo que le gustaba el gato, que le había puesto nombre y que ya era suyo... Reconozco que mi alegría era mayor; yo también estaba eufórica.

Desde entonces, cada mañana, mi marido me llevaba el gato a la cama y dormía conmigo, sobre mi pecho, y él por las tardes en clase miraba la hora deseando venir para casa, preocupado por estar con el gato, porque a ciertas horas se quedaba solo mientras yo seguía buscando trabajo. Entonces lo veía entrar todo ansioso, buscándolo con la mirada, y cuando lo encontraba lo cogía en brazos, y así todos lo días.

Yo me encargaba de otras cosas, le peinaba (y peino) a diario, le cortaba las uñas, le alimentaba con leche de gatitos, lo enseñaba a no arañar mi sofá nuevo, le compré un rascador y le enseñé a rascar en él, le enseñé a no subirse a los sitios peligrosos y, sobre todo, a falta de juegos y sitios donde meterse, jugaba con él todos los días. Uno de sus juegos favoritos era meterse en un trineo que le hice con una caja de cartón pequeña y un colgante para móviles: se metía dentro, miraba por una ventanita que le abrí en la caja y lo paseaba por todo el piso; se lo pasaba genial.

Y así, cada día, algo nuevo. Ha desarrollado una personalidad tan grande que pareciera que existe una persona dentro que comprende y te observa. Dejaba que todos los niños del barrio viniesen a verlo, y se acostumbraron a ello y venían a diario a jugar con él, y él, que era todavía un cachorro, jugaba con ellos.

Estos niños, cuando salían de sus casas, en vez de decir que iban a mi casa les decían a sus madres que iban a casa de Napoleón. Me hacía mucha gracia cuando sonaba el portero y se escuchaban unas voces infantiles que preguntaban:

–Hola, ¿está Napoleón?

Una de las veces respondí:

–No, se está duchando.

Y los niños:

–Ah!, bueno, pues venimos más tarde, dile que hemos estado aquí.

Y así durante dos años...

NapoMe cabe decir también que a los seis meses de edad de mi gato yo ya estaba trabajando, y él no paraba de llorar todos los días de forma alarmante. Pensé que si lloraba tanto entonces, cuando me fuese de viaje tan solo una semana qué iba a ser de él, así que opté por comprarle una gatita, que busqué por Internet. Encontré a una persa con dos meses igual que él y que además era de mi misma ciudad, de un pueblo de mi ciudad. Costaba dinero, pero la dueña de la gata me la regaló al saber que podría seguir viéndola y no sé por qué razón más, y ahora mi gato no está solo, cuida de ella. No tienen crías porque se han hermanado o quizás porque se han solidarizado con nosotros, que tampoco tenemos hijos...

La gatita se llama Chloe, "Reina de los cereales" en denominación persa. Él le enseñó todas las cosas aprendidas. Yo prácticamente no tuve nada que ver en su educación, fue Napoleón en todo momento.

Aun así mi gato sigue llorando cuando me voy, y cada día, cuando regreso, me enseña algo nuevo aprendido. De mi gata también tengo muchas cosas que contar, pero eso es ya otra historia.

Un saludo al equipo de Mi Gato.

06-12-2007