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Historia de Noa

Lorena. Huelva

Nunca pensamos en tener un gato. Pensábamos que eran unos animales poco sociables y ariscos... Vivimos en una casa que colinda con una parcela medio abandonada. Hay un tejadillo en dicha parcela en la que, toda la vida, se han metido gatos, para morir o bien para parir. Tenemos un pastor alemán y durante el verano del 2009 no se separaba de la reja que separa nuestra casa de la parcela de atrás. Y cada vez que nos acercábamos para ver qué ocurría, una gata refunfuñaba. Pasaron los días... y sobre mediados de septiembre escuchamos maullidos de gatitos.

Noa¡Fui al lugar y vi tres lindos y pequeños gatitos! Uno era negro con los ojos azules, otro era siamés, y el otro era el típico gato atigrado con los ojos verdes enormes.

Pasaron los días y cada vez estaban más delgaditos y con legañas en los ojos. Uno de ellos, el siamés, se pasó a mi casa y mi perro lo empezó a lamer. Por miedo a que sin querer le hiciera daño, mi padre lo cogió. Le dimos leche y le limpiamos los ojos con una gasa y un líquido especial de veterinaria. Tenía muchísima pus. Repetimos la operación con los otros dos, aunque nos costó más porque no eran tan sociables. Recuerdo ese momento en que cogí al siamés... ¡No pesaba nada! Y me cabía en la mano. Los dejamos en su sitio otra vez por si su madre venía y los cuidaba.

Al día siguiente estaba muy nublado, hacía fresco y habían anunciado lluvia. Viendo que los ojos los tenían de nuevo con legañas y que, por lo tanto, no aparecía ninguna gata por allí, decidimos meterlos en una caja de cartón con trapos y entrarlos en casa porque nos daba pena que unos animales tan indefensos estuvieran solos y a la intemperie.

Los metimos en una habitación con moqueta. Improvisamos una casita con la caja de cartón y pusimos tres platos con leche. ¡Fue asombroso cómo cambiaron en dos días! Se pusieron más gorditos y más sanos. Les limpiábamos los ojos cada día, dos veces. Cada vez que llegaba a casa me sentaba en el suelo. El siamés era el primero en acercarse. Se me subía a las piernas y, mientras ronroneaba, se hacía una rosquita y se dormía encima mío. Poco a poco los otros dos cogieron confianza. Y llegó el día en que me sentaba y se peleaban por ponerse en mis piernas. Parecía que en la habitación había un helicóptero de lo mucho que ronroneaban.

Era muy gratificante llegar a casa y ver a los tres pequeñines jugando, corriendo... Y, en cuanto me veían llegar, salían a mi encuentro con un maullido muy dulce. Estuvimos así unas tres o cuatro semanas. Y llegó el día en el que nos planteamos qué hacer con ellos.

NoaMi padre se volvía loco con el siamés por ser tan cariñoso y tan bonito. Yo era como su madre: todos eran igual de bonitos para mí. Comencé a buscar información sobre el sexo de los gatos en internet. De esa forma pude intuir que el atigrado era macho (a parte de que era el más grande) y que los otros dos eran hembras. Se me pasaban las horas mirándolos, viendo cómo jugaban entre ellos o con un ovillito de lana que les di. Pero no podía dejar de pensar qué sería de ellos después.

Pensamos incluso poner carteles de "se regalan gatitos". La alternativa de quedarnos a los tres y criarlos en nuestra parcela no nos convencía porque, si lo hacíamos, las gatas vendrían con más cachorros y se repetiría la historia. Así que fui diciendo a mis conocidos que si sabían de alguien que quisiera uno y, sobre todo, que estuviera dispuesto a cuidarlo muy bien. Nadie quería o nadie sabía de alguien... Y en casa cada vez nos encariñábamos más de los mininos.

Entonces mi padre me sorprendió con una idea: si conseguíamos regalar al menos a dos, nos quedaríamos con el otro. ¡Y así fue! Una tarde recibí una llamada de un familiar preguntándome por los gatitos. Pensaba que ya los habíamos dado. Le dije que no, y fue entonces cuando me comentó que había un hombre que quería dos. Me contó que le encantaban los gatos, que tenía uno pero se había muerto por vejez y que, por supuesto, los cuidaba muy bien.

En ese momento me sentí muy feliz de haberles encontrado un hogar a los chiquitines. Pero por otro lado me daba pena separarlos. Quedé con esa persona ese mismo día por la tarde. Metí a la gatita negra, que era ya "mi panterita", y a "mi tigrecillo", en una caja y los puse en el asiento del copiloto de mi coche. Me dio un vuelco el corazón cuando empezaron a maullar y metí la mano en la caja para tranquilizarlos. Y eso hicieron. Fue un pelín duro separarme de ellos después de tantas semanas cuidándolos y viéndoles crecer.

NoaCuando llegué a casa estaba triste. Pero pegué un salto al recordar que aún debía cuidar de la pequeñita siamesa. Corrí y subí a la habitación. Y ahí estaba, maullándome. Parecía que me preguntaba por sus hermanitos. Por este motivo y por ser nuestra para toda la vida, le dimos más cariños y mimos que nunca. Al día siguiente mis padres le compraron todo lo que un gato necesita. ¡Era tan bonita!

En un principio se llamó Calcetines. No sabíamos con exactitud si sería macho o hembra. Por las noches la metía en mi cama para que no pasara frío. Y ya decidimos bajarla al salón, que hiciera vida en la casa y no solo en una habitación. Se convirtió en la reina.

La llevamos al veterinario. "Es una hembra", nos dijo. En ese momento supe que se llamaría Noa. Nos comentó que sería conveniente hacerle las pruebas de la leucemia. Estaba muy nerviosa esperando la respuesta del veterinario con los resultados. Pero todo salió bien. Hace poco la esterilizamos. Nos comentaron que sería mucho mejor para ella, ya que con el celo lo pasaba muy mal, y también alargaría su vida.

A día de hoy es una gatita muy feliz y juguetona. Pesa un poco más de 3 kg y el 15 de agosto aproximadamente hará el año de vida. En definitiva, puedo deciros que nos ha sorprendido gratamente el comportamiento de un gato. Es muy cariñosa: por las mañanas lo primero que hace es restregarse por nuestras piernas y ronronea a la vez; si nos sentamos en el sofá, le gusta dormirse en nuestras piernas. Es muy juguetona y nos reímos muchísimo con ella. Le encanta esconderse en sitios y, cuando pasas, sale dando un brinco y haciendo un ruido parecido al de los monos. Y es muy dulce. Por no haber sido amamantada se le ha quedado la costumbre de "mamar" su mantita o, incluso, nuestra ropa cuando se duerme encima.

La queremos con locura. Nos saca una sonrisa cuando no hay nada que pueda sacárnosla. Y solo espero tenerla durante muchos años y que siempre esté sana.

27-06-2010