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Hasta pronto, negrita mía

Cecilia

Esta es la historia de mi gata Negrita. Te recogió mi padre de un parque hace dieciocho años, cuando deambulabas perdida o abandonada, porque tenías el pelo en muy buen estado y eras muy cariñosa con las personas: se notaba que habías vivido con una familia. Yo nunca había convivido con un gato antes, pero contigo fue tan fácil, porque no le ponías pegas a nada y te adaptabas a todo. Eras fuerte y valiente, a la vez que tranquila y cariñosa.

NegritaMis amigas te llamaban “gato-perro” porque te portabas igual que un perro: “¡Negri, ven!”, y venías como un rayo a la llamada, eso sí, maullando porque siempre nos respondías con tu voz, y te ponías panza arriba para que te rascaran la barriga.

Saludabas a todos las visitas que venían a casa: nunca te vimos un mal gesto. Siempre sociable y cariñosa, ronroneando.

Te sentabas en la mesa de mi escritorio y me hacías compañía mientras yo estudiaba.

Dormías la siesta los fines de semana en mi regazo.

Las tardes de verano salías al balcón a tomar el sol y si algún pajarillo se despistaba ahí estabas tú dándole caza.

Un día de verano en que dejamos las ventanas abiertas te trajiste a casa un novio naranja atigrado igual que Garfield, y claro, dos meses después nacieron dos preciosos gatitos negros, dos atigrados carey y un precioso siamés... Sí, mi negrita llevaba gen de siamés y por eso era tan habladora y sociable y nos buscaba como un perrete, siempre detrás nuestro.

NegritaConseguí regalar los cachorros a los vecinos del barrio y al verano siguiente volviste a escapar por las ventanas abiertas... así que te pusieron una inyección para que abortaras, pero los gatitos continuaron creciendo en tu interior y al momento del parto se murieron y no salían y tuvimos que llamar a la veterinaria cirujana, quien tuvo que regresar de vacaciones en agosto para operarte de urgencia para sacarlos. Ya de paso te esterilizó y así no volviste a escaparte. Esa fue la última vez que fuiste al veterinario, desde entonces tuviste siempre una salud de hierro... Siempre creí que nunca podría pasarte nada.

Pasaron los años y me fui a vivir con mi pareja a 800 km de distancia y tuve que dejarte allí con mi padre, pues el hombre es viudo y se quedaba solo si te llevaba conmigo, y además a mi marido le dabas mucha alergia y se ponía a estornudar, le picaban los ojos, hasta darle asma...

Pero yo iba a verte siempre que podía y estabas bien, no tan bien atendida como estarías conmigo, pero eras tan fuerte que aguantabas lo que te echaran: mi padre no te apreciaba como yo y te trataba con dureza y era demasiado estricto y rígido, pero tú eras una superviviente nata: aprendiste a abrir puertas de armarios para alcanzar la comida que te restringían y a beber del bidet o del jarrón de flores cuando mi padre se iba de viaje y se te acababa el agua del cuenco, y a hacer pipí en las macetas cuando por un descuido el hombre no dejaba a tu alcance la arena gatera.

Cuando decía que iba de visita a ver a mi padre, en el fondo quería verte a ti y saber cómo estabas: eras mi paz y mi alegría, Negrita bonita.

NegritaY los años iban pasando y te salió una hernia donde te sacaron los cachorros, y empezaste a cojear por la artrosis y a no ver muy bien, y a oír peor, pero aún te echabas tus carreras y maullabas fuerte recordándonos que te diéramos tu comida por las mañanas.

Una mañana me llamó mi padre y me dijo que estabas mal, que no querías comer, y no le di importancia porque mi padre es muy hipocondríaco, pero a los pocos días volvió a llamarme, que estabas débil y no comías ni bebías apenas. Entonces comprendí que te ibas y cogí el primer avión para acompañarte en tus últimos momentos y que fuera más fácil para ti pasar al otro lado... Y recé para que me esperaras, pero en mi corazón intuía que no llegaba a tiempo y cuando por fin entré en casa hacía tres horas que te habías ido: sola, tirada en el suelo con las zarpas intentando coger algo y los verdes ojos abiertos, mojadas las patas traseras de pipí...

Lo siento, mi niña; quería haberte abrazado y arrullado y que te durmieras tranquila en mi regazo, limpia, seca y calentita. Dicen que es duro ver como se va tu mascota, pero más duro es saber que te he fallado y que has estado sola en tus últimos momentos, que no he podido aliviarte en este último viaje al mas allá.

NegritaTe envolví en una toalla y después en tu jarapa. Luego, dentro de una caja de cartón, te llevamos al mismo parque en el que hace dieciocho años te encontró mi padre por casualidad, y allí bajo la luna llena hicimos un hoyo y te cubrimos con tierra y dos bloques de piedra.

¡Ay! Ya la casa de mi padre no es la misma sin ti, ya no vienes a saludarnos ni podemos dormir juntas, ni subes a mis piernas en la sobremesa. Mi querida Negrita, lo más doloroso es saber que eres irreemplazable y que aunque tenga otros gatos no serán como tú.

Siempre te recordaré, panterita mía, y espero que nos podamos reunir algún día.

Adiós, gatita.

Cecilia

05-07-2012