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Gran parte de mí se ha ido contigo

Yo Pérez

Hoy hace seis días que se fue el que ha sido mi compañero durante 14 años. Tengo una sensación de vacío, una pena, un carrusel de sentimientos nunca antes sentidos y sobre todo un sentimiento de culpabilidad por no haberte podido sacar adelante que no me dejan dormir y me hacen ir a los sitios como teledirigido. Hoy me he decidido a contar tu historia con un nudo en la garganta, y me va a costar Dios y ayuda escribir.

KitikoMi relato está simplificado porque necesitaría mil folios para describir todo lo que hemos pasado juntos. Mi amigo, mi compañero, mi hijo, mi hermano se llama Kitiko. Su nombre se debe al diminutivo chiquitico. No recuerdo bien el que en su día te quise poner, pero eras tan pequeñín que se te quedó ese para siempre.

Un día un buen amigo te encontró agazapado en la puerta de la tienda donde trabajaba. Yo hacía un año que me había ido a vivir solo y ni por asomo tenía intención de compartir mi vida con una mascota; vaya, que ni me lo planteé, y un día te trajo a mi casa como un regalo caído del cielo.

Parecías una pelotica de pelo blanco con unos ojos que me enamoraron nada más verte. No dejabas de maullar llamando a tu madre; tardamos un par de días en asimilar que yo iba a cuidar de ti como tú has cuidado de mí.

Pasaron unos años. Tú ibas creciendo y empezaste a tener los instintos amatorios propios de tu especie. Recuerdo el par de años que pasaste yéndote todas las noches en busca de alguna guapa gata; seguro que hay más de un gato por ahí con tus genes. Te dejaba la puerta abierta con la cadena lo justito para que entraras y salieras a tus anchas toda la noche hasta que a las 8 de la mañana oías mi despertador, y entonces subías rápido para comer y descansar de una larga noche. Me acuerdo de aquella vez en que estuviste tres días fuera; seguramente habrías encontrado a alguna amiga que te hizo tilín. Te busqué por todas las obras y calles, te dejé la puerta abierta como siempre para ver si volvías, y cuando ya te daba por desaparecido ahí entraste tú, sucio de polvo y barro y negro de haber estado debajo de algún coche. Ay, lo que me costó lavarte y que volvieras a tener ese pelo blanco nieve.

KitikoIbas creciendo y dejaste ese carácter adolescente para desarrollar una personalidad de gato fuerte, valiente, bueno y sobre todo noble. Jamás tuviste un mal gesto, un amago de hacer daño a alguien que venía a casa; imposible hacer eso con esa personalidad del que se sabe seguro de sí mismo sin miedo a nada ni a nadie.

Pasamos casi ocho años juntos y apareció en nuestras vidas Aurora, que hoy es mi mujer. Desde el primer momento supiste que no venía a restar amor entre nosotros sino a incrementarlo; fueron tres años maravillosos que pasamos los tres juntos.

Un día, sin venir a cuento, dejaste de comer y me preocupé mucho. Te llevé al veterinario y pasaste dos días ingresado. Realmente me di cuenta de todo lo que te quiero en ese momento en que estuviste malito y cabía la posibilidad de perderte. Tu fuerza y tu valentía, que con creces habías demostrado, te sacaron adelante. Cuando te dieron el alta el doctor me comentó que padecías una enfermedad renal y que eran dos años más o menos los que ibas a estar conmigo. Eso me dejó muy triste, y mientras yo no dejaba de pensar en esos dos años, que pasaron como un relámpago, tu seguías igual que siempre. Así que pasaron y pensé que igual el diagnóstico no era fiable.

KitikoHan transcurrido casi cuatro años de aquello, en los que nos han sucedido muchas cosas. Yo empecé a tomar clases de guitarra, que no sé si voy a tener fuerza para retomar sin que estés a mi lado echado en el sofá, horas y horas, escuchando y ronroneando, señal inequívoca de que tenías una sensibilidad especial para la música. Y sobre todo llegó nuestro hijo, al cual has conocido poco, pero él sabrá mucho de ti: de eso ya nos encargaremos sus papás.

Al principio lo mirabas con curiosidad, y cuando te diste cuenta de que era un bebé indefenso lo adoptaste como cualquier hermano mayor. Eras el primero que iba a verlo a la cuna cuando lloraba. Cuánto daría por poder ver crecer a nuestro hijo al lado tuyo.

La semana pasada empezaste a perder peso y a no querer comer, y las palabras del veterinario se me clavaron como un cuchillo dentro de mí. Te llevamos a la clínica y me dijeron que te tenían que ingresar porque estabas muy deshidratado. Esto fue el viernes 12. Yo me fui a casa, me dijeron que volviera al día siguiente por la mañana a ver qué tal estabas. Fui y estuve contigo por la mañana y por la tarde. Aunque las visitas debían ser más bien cortas en mis ojos vieron rápido que no me iba a ir de allí tras una visita breve.

Me dieron esperanzas porque otra vez tirabas para arriba. La tarde del sábado que pasé contigo te noté flojo echado de costado; era normal, estabas malico. Yo te daba miles de besos y tú me dabas palmaditas en la cara llena de lágrimas que no podía evitar derramar. Creía que era tu alegría de verme, pero ahora sé que era tu manera de despedirte de mí, de decirme que me querías tanto como yo te quería a ti.

KitikoEsa noche la pasé casi sin dormir deseando que llegara la hora de volver a verte y llevarte a casa. Me despertó el teléfono; raro que un domingo me llamen a las 8 de la mañana. Me temí lo peor y tras el teléfono una voz me daba la noticia más dura que nunca nadie me había dado: me habías dejado para siempre luchando por salir adelante. Fui a verte para despedirme. Cuando te vi en la camilla dormidico con esa tranquilidad que siempre has tenido, esa valentía incluso para marcharte, comprendí que mi vida no iba a ser igual y que algo muy grande de mí se quedó contigo allí.

Ahora quiero que las imágenes felices de los momentos que hemos pasado juntos borren las de la última semana, y decirte gracias por haberme enseñado a amar incondicionalmente, y también que nunca te vamos a olvidar. Ayer recibí todas las fotos tuyas para llenar la casa de ellas y verte en cada momento. Aunque no físicamente, siempre estarás en un sitio preferente, y en un cojín con tu cara impresa para la cuna de tu hermano, para que todos los días al despertar sea tu cara la que vea; y cuando vaya creciendo le iré inculcando los valores que tú tenías de amistad, bondad y nobleza.

Aquí termino esta carta que me sirve de desahogo al recordar tantos y tantos buenos momentos que hemos pasado. TE QUIERO, KITIKO, amigo, compañero, hijo, hermano. En definitiva, MI PROPIA VIDA.

19-11-2010