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El triste recuerdo de Chuky

Taiwana

Hace dos años que perdí a la gata que más he querido, y aún hoy, cuando veo sus fotos, las lágrimas se me desbordan.

Tengo la buena costumbre de que, animal que veo en la calle, animal que para en mi casa. Así tengo ya seis gatos y una perra; hace dos semanas eran siete los gatos pero, por desgracia, Paris, un gato persa del que mi madre estaba enamorada murió porque se puso muy malito y no lo pudimos salvar.

Pero la que no se me va ni un momento de la cabeza es Chuky,una gordita que me siguió hasta casa y que me compró con sus mimos en el primer momento en que la cogí en brazos. Era atigrada con unos enormes ojos verdes y tan flaca que realmente daba pena verla. Además era verano y la pobre estaba deshidratada. Mi intención no fue quedármela, pero a los dos días a mi madre y a mí ya nos tenía locas. A nosotras sí, pero no a mi padre. A pesar de no ser devoto de los animales, a una gata negra que tenemos ya hace 17 años nunca le hizo nada, pero a Chuky desde el primer momento le tuvo manía.

Al poco tiempo Chuky empezo a hacer sus necesidades en varios sitios de la casa, hasta el punto de que ya casi ni utilizaba el cajón de arena. Nuestro tendedero está atornillado en el techo y hay que bajar las barras con un palo de acero para poder tender la ropa. Mi padre nunca le hacía nada si mi madre y yo estábamos en casa, pero en cuanto las dos estábamos trabajando, él, que era el primero en llegar a casa, con ese palo del que os acabo de hablar le pegaba hasta el punto de que los maullidos de dolor del pobre animal se oían desde el jardín de la urbanización.

Llevábamos a la gata al veterinario y nunca le encontraban nada, solo que estaba un pelín gorda. Pero un día la gata empezó a cojear y vi que tenía un dedito hinchado, y la llevé al veterinario. Solo tenía un coágulo de sangre, de modo que le pusieron una inyección y dijeron que estaba bien.

Pero la gata enfermó, adelgazó muchísimo y al tocarla por el lomo se quejaba. Así que de nuevo visita al veterinario, y esta vez su cara lo decía todo. Al preguntarnos si salía a la calle o si tenía contacto con otros gatos con los que hubiera podido pelear, me temí lo peor. Le pregunté si la causa podían ser palizas con un palo, y repondió que desde luego que sí. La rabia me invadió. Yo ya sabía cuál era la causa y mi madre también.

Esto fue un martes y mi gordita no mejoraba. El domingo, cuando salí de trabajar, fui directamente a verla a casa de mis padres, ya que yo me había independizado hacía poco, y al llegar la cara de mi madre anunciaba lo que me diría minutos después: "Chuky ha muerto".

No sabía qué hacer, empecé a llorar. Fui al cuarto donde mi madre la había tapado con una toalla y al cogerla y sentir su cuerpecito rígido y frío me desmoroné. Solo hacía tres horas que se había ido y ya estaba como un témpano. Me abrace a ella y de verdad os digo que no me podía separar, era mi protegida, mi mimada, quizás por cómo mi padre la había tratado y por todo lo que había sufrido. Mi madre me contó que estaba tumbada a sus pies en un cojín cuando la oyó maullar, mi madre la cogió en los brazos y en ese mismo instante se le dilataron las pupilas y se quedó dormidita. Sabia lo que le iba a pasar y quiso que una de las personas que más la habían querido estuviera con ella.

Mi madre llamó al veterinario, quien le confesó que la gata tenía el espinazo roto. Pero desgraciadamente ni en la muerte tuvo suerte, porque yo no sabía que en Madrid –donde vivo– había un cementerio de animales y terminó enterrada (eso espero) en una fosa común junto a otros animalitos.

Pero no nos olvidamos de ella; como os decia al principio, nuestro príncipe Paris murió hace poco y el sí está enterrado en el cementerio de animales, pero él no seré el primer inscrito en la lapida, ya que las primeras letras dirán: "A mi gordita Chuky. 9/10/2000".

Lo que más me duele todavía es que fuese mi propio padre quien la matara, sabiendo cuánto la quería yo. Porque fue realmente él quien le partió el espinazo.

05-11-2002