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El príncipe Paris

Taiwana

Mi madre llegó con un calientapies a mi casa. De él asomó una carita redonda como una luna, con unos ojitos color ámbar medio cerrados por el sueño. Solo tenía dos meses y era como una bola de algodón.

Paris, un gato persa completamente blanco, que le habían vendido a mi madre, era precioso, mimoso, y se te quedaba dormido en los brazos panza arriba. Los primeros dias los pasó en mi casa hasta que a mi padre se le pasara el enfado, y mis gatos lo miraban como diciendo: "¿Qué es esto?"

Días despues se lo llevó mi madre por fin a su casa. Pero hace cosa de un mes recogí tres gatitos que me siguieron y a los que no me pude resistir. El gato se lo llevaron una pareja y las dos gatas se quedaron con nosotras, unos días en mi casa y otros en la de mi madre. Pero yo tengo una perra de siete meses, grande, cruzada de pastor alemán (creo), así que era un martirio tener mi piso repartido en cuatro partes: la perra, mis gatos, las gatitas y los periquitos, de modo que, hasta que alguien se las llevara, se quedarían en casa de mi madre.

A los pocos días Paris se puso malo, tenía mucha fiebre y vomitaba mucho, casi no comía y no podía beber. Teníamos que llevarlo cada día al veterinario y dejarlo allí toda la tarde, luego recogerlo y volverlo a llevar a la clínica de urgencias. Padecía una enfermedad viral que le dejó sin defensas. A los cuatro dias llamaron a mi madre para decirle que había muerto. El príncipe estuvo con nosotras solo seis meses, y lo que más nos duele es que no nos dio ni tiempo a hacerle unas fotos. Pero siempre estará en nuestros corazones, y recordaremos cómo nos quería, lo mimoso que era, lo que agradecía que le lavaran los ojitos y le cepillaran.

Para ti, nuestro príncipe. Aunque nos dejaste muy pronto tu recuerdo durará mucho en nosotras.

04-11-2002