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El pequeño Merlín

DagoN666

La tristeza de ese terrible acontecimiento aún me abisma, pero me ayudó a darme cuenta de que realmente lo más puro e inmaculado que existe en este mundo es el frío amor que tenemos por lo que ha muerto. Aún puedo ver su figura fantasmal en sueños.

Desde pequeño que he querido tener algún animal para cuidar y entregarle mi cariño. La verdad es que siempre quise tener un perro, pero mi madre no está acostumbrada a tener a estas bestias que necesitan de tanto cuidado, esmero y paciencia.

Nunca me habían atraído los gatos, no los conocía realmente y creía que eran criaturas infieles y poco cariñosas, pero mi visión cambió bruscamente cuando llegó un día a mi casa un pequeño felino de lomo rojizo, atigrado con tonos anaranjados y con las patas y la barriga blancas. Se me acercó con un intenso ronroneo y se acomodó en mis piernas mientras yo fumaba. Formé una argolla con el humo del cigarrillo y pude ver una inquietud en el pequeño Merlín, quien, muy atento, seguía el recorrido del anillo humeante con sus ojos como de esmeralda. Pareciera como si estuviera viendo algo más que solo humo; parecía disfrutar y asombrarse con las fantasmales formas.

Desde ese momento me encariñé con esta misteriosa bestia, que después de un tiempo llegaría a ser una de mis favoritas.

Al principio Merlín permanecía dentro de la casa todo el día. Era muy pequeño para salir y yo no quería que se fuera, como ya lo habían hecho otros gatos que había tenido en mi niñez. Lo alimentaba con comida especial para gatos y con leche procesada de vaca.

Después de unos meses, Merlín había crecido notablemente y ya era más independiente; de hecho salía a explorar los alrededores y tardaba en volver dos o tres horas, pero siempre durante las tardes y noches volvía y seguía ronroneando en mis piernas mientras yo fumaba o escuchaba música.

Sus salidas fueron aumentando cada vez más, y el tiempo en que se ausentaba también se fue prolongando. En ocasiones ni siquiera llegaba durante las noches; tardaba uno o dos días en volver a la casa y cuando regresaba comía muy poco o simplemente nada. Más tarde me enteraría de que Merlín se alimentaba en la casa que está al frente de la mía, carne cruda y molida. En esa casa vivía una vieja señora de procedencia francesa que tenía dos gatos muy similares a Merlín en su colorido, aunque estas bestias eran mucho más grandes que mi querido felino.

Aun así Merlín siguió visitando mi casa... siempre ronroneando y acurrucándose en mis piernas. Juguetón de naturaleza, me desconcentraba de mis deberes y obligaciones, pero para mí esto no era en vano, ya que realmente llegué a amar a esta criatura.

A pesar de su rápido crecimiento Merlín aún no tenía el porte que en realidad yo creía que alcanzaría y por consiguiente sus habilidades felinas no estaban del todo desarrolladas. Cuando me refiero a sus habilidades como tal, quiero decir que todavía no podía hacer cosas que un gato adulto hace con notable facilidad, como encaramarse en una pandereta o subir hasta el techo de mi casa. Cosas como estas eran las que Merlín aún no podía hacer, ya que su tamaño y su físico no se lo permitían.

Una fría tarde de invierno, un domingo de mayo, fue la última vez en que vi con vida a mi querido Merlín. Entró a la casa por un ventanal que yo siempre dejaba un par de centímetros abierto, lo suficiente como para que Merlín pudiera salir y entrar a la casa. Ese día me alegré por su regreso, porque ya había estado afuera durante dos días seguidos. Cuando llegó tomó un poco de leche, comió un poco de su comida y se echó en el sofá en el que siempre dormía. Yo me senté junto a él y acaricié su suave crin.

Pasó su última noche en casa. A la mañana siguiente volvió a visitar la otra casa con la que repartía su tiempo y en el camino cayó en la casa adyacente, donde un perro le mordió justo en el cuello. Merlín cayó al suelo, levantó la pequeña y delicada cabeza, miró a mi vecina directo a los ojos e hizo un extraño ruido con la boca. Todo esto los dejó con la sensación de que la pequeña criatura pedía ayuda. Sin embargo ya era demasiado tarde, Merlín estaba muerto.

En ese momento yo dormía. Tocaron mi puerta cuando me dieron la terrible noticia una extraña sensación, sentí que la mayoría de los sentidos ya no me acompañaban. Solo podía ver, aunque las imágenes que veía se distorsionaban. Sentía que mi alma no estaba realmente en el mismo lugar en donde estaba parado mi cuerpo, era como si volara a través de todos los recuerdos que me había dejado mi gato. Sin embargo este estado duró pocos segundos. Luego recobré la conciencia y pude notar cómo un intenso dolor se apoderaba de mi cuerpo; las lágrimas tardaron en caer pero cayeron.

El estado melancólico que siempre me acompaña se había transformado en uno de los dolores más intensos que he tenido en mi vida.

Pedí su cuerpo para darle la sepultura que se merecía. El débil y frágil cuerpo estaba tieso y los ojos cerrados, y el cuello mostraba las heridas que le habían causado la muerte. Cavé un hoyo en mi patio y puse el pequeño cuerpo a descansar para siempre.

La tristeza de ese terrible acontecimiento aún me abisma, pero me ayudó a darme cuenta de que realmente lo más puro e inmaculado que existe en este mundo es el frío amor que tenemos por lo que ha muerto. Aún puedo ver su figura fantasmal en mis sueños. En ocasiones despierto abrazado a la almohada y su fantasma desaparece, pero luego recuerdo que nuestro amor fue mutuo. Merlín me demostró su cariño al no dejarme, al no dejar de visitarme, y mi amor hacia él aún sigue vivo a través de momentáneos recuerdos.

Merlín, descansa en paz.

09-06-2003