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El gato sin patas

Ghaspi

¿Quién dijo que sin patas no se puede vivir? Miti solo tiene dos y hace las mismas diabluras que cualquier gato que se precie. Con tesón, paciencia y ganas de seguir adelante todo se consigue.

MitiPuede que hayamos tenido mucha suerte o puede que Miti sea a prueba de bombas; el caso es que desde el 27 de julio de 2002 nos alegra la vida con su existencia.

No vino al mundo ese día, sino un día cualquiera del mes de mayo junto con tres hermanitos más, dos machos y una hembra. Un buen día oímos a los niños decir que había un gato sin patas y por fin una tarde conseguimos verle. Mamá no le dejaba solo y sus hermanitos jugaban con él todo lo delicadamente que pueden hacerlo unos cachorrillos llenos de vida. Nunca fuimos capaces de cogerlo, se escondía a una velocidad tremenda para no tener patas traseras y mamá le guardaba la retaguardia. Era evidente que un gatito así no sobreviviría en cuanto mamá dejase de alimentarle. Intenté convencer a mi marido para que viniera a vivir con nosotros, pero no hubo forma, no quería un gato en casa.

Un sábado por la mañana, mientras riego las plantas, veo a la vecina de abajo (que por cierto tiene dos gatos hermosos) en el patio toda disgustada. Me dice que el jardinero del bloque de al lado (el gatito se había trasladado del jardín de nuestro bloque al contiguo, ¿cómo? no lo sé, ya que hay que saltar y trepar) estaba intentando matarle, que el bichito se había escondido detrás de un rosal y no podía atraparle.

Tardé 30 segundos en bajar. Puse al jardinero a caer de un burro, me peleé con el rosal y saqué al gatín, bastante esmirriadillo y con cuatro pelos mal puestos. Tenía los muñones ensangrentados y estaba muy asustado. Fuimos al veterinario del barrio y le curaron. Mi vecina lo llevó al veterinario de un centro de acogida donde su novio es voluntario a ver si encontraban alguna solución (allí ven casos terribles, como todos sabéis, y a lo mejor conocían algún invento). Fue desparasitado y analizado, con el resultado de que estaba más sano que una manzana y sin una sola pulga.

La solución que se nos dio fue sacrificarlo, ya que no veían la forma de arreglar las patitas y nunca sería un gato feliz. A estas alturas mi marido ya le había puesto de nombre Miti, le había ganado el corazón. La verdad es que estos dos amigos buscaron por todo internet y por conocidos alguna forma de ayudar. No encontramos nada que nos pareciera cómodo para él, ya que tenía que pasarse muchas horas solo.

Nuestros veterinarios (los del barrio) consultaron con especialistas, han tomado mucho cariño a Miti y quieren que viva. Al final fuimos a la clínica de un traumatólogo que nos explicó el proceso que pretendían seguir con él. Se operarían las dos patas a la vez, extrayendo todo el hueso que hubiera por debajo de la primera articulación y utilizando sus meniscos y grasa para que actuaran de cojín; como en la barriga hay bastante pellejo tirarían un poquito y cubrirían todo con piel, esperando que creciera el pelo. Todo esto sin garantías, ya que la convalecencia iba a ser muy dura y era la primera vez que lo hacían.

Nos dieron tiempo para pensarlo, no nos dejaron contestar hasta que pasó una semana y lo habíamos hablado. La verdad es que lo pintaron bastante duro, pero por otro lado el gato así no podía estar. La arena era un suplicio, cada vez que entraba salía ensangrentado con las piedrecitas pegadas a las heridas, y probamos todo tipo de arenas sin resultado. Le hice pantalones acolchados, pero dijo que me los pusiera yo; le vendamos las patas, pero se arrancaba los vendajes a mordiscos. Siempre estaba sobre el sofá o en una colchoneta que le compramos para que corriera por el suelo. No le dejábamos saltar de ningún sitio porque al caer se hería. La verdad es que no parecía ser consciente, jugaba, andaba, ronroneaba, comía, pedía mimines, dormía como una marmota, se enroscaba en el regazo con el motor puesto, era una delicia escucharle. Después de pensarlo mucho decidimos operar (10 de octubre).

Fueron cuatro horas de quirófano. Cuando nos lo dieron casi se me cae el alma a los pies. Pobre, que costurones, que gritos, como odiaba el collar isabelino. Le dejaron la vía puesta para inyectar antibióticos y sedantes. Le preparamos una caja grande acolchada con muletón para que hiciera sus necesidades sin salir de allí, nada de arena hasta quitarle los puntos (15 días). Solamente nos dio una mala noche, la primera, que se la pasó aullando de dolor; dormí con él para tranquilizarlo y parece que dio resultado. Lo peor era inyectarle, ya que era el puente del Pilar y la clínica estaba cerrada. Acabó con un edema en la pata tremendo y no se dejaba tocar; nuestro veterinario vino de urgencia el domingo a quitarle la vía y darnos medicación por boca.

Como el tío es más relimpio que mi madre, buscó la forma de escaparse de la caja (aún no se cómo, ya que estaba cerrada) para defecar fuera; el pis lo hacía en el muletón, pero la caca no. El resultado es que nos pasamos un mes recogiendo unas plastas terribles. Optamos por poner su cajita con un montón de papeles de cocina con la idea de que lo hiciera encima, pero se empeñaba en taparlo y ni os cuento cómo se ponía y nos ponía el cuarto de baño. Como resultado de la medicación tenía diarrea. Creo que ha probado todos los antibióticos del mercado, y los analgésicos también, ya que con el nolotil parecía la niña del exorcista, madre de dios qué babas. Al final encontramos un antibiótico que toleraba bien, eso sí, la pastilla bien troceadita mezclada con chicha de lata (comía una comida especial por la diarrea).

A la semana de la operación se le empieza a poner rara la pata derecha. Se le abre una herida y empieza a supurar. Nos tememos lo peor. La izquierda tiene un aspecto estupendo. A los doce días empieza a expulsar los puntos internos de la pata derecha, hay infección, supura. Grita mucho cuando le curamos y ya está harto de pastillas y pinchazos. Hablamos muy en serio con los veterinarios y nos damos un plazo, no era plan tener al gato sufriendo si no iba a resultar. Según nos comentan los veterinarios el postoperatorio es de treinta días, fecha tope 30 de noviembre. Se retrasa la retirada de los puntos.

Milagrosamente a los quince días el gato mejora (¿nos habría oído?): la infección de la pata derecha remite al ir expulsando todos los puntos internos. Se le pueden retirar los puntos externos, ya no parece Frankenstein. La actitud del minino cambia, ya está más alegre, y aunque la medicación sigue sin gustarle hemos cogido práctica para dársela y limpiarle sin hacerle daño. Nos chantajea para que le quitemos el collar, aguantamos firmes hasta el mes ya que la pata derecha sigue con heriditas y no conviene que se la manipule.

Finalmente, a primeros de noviembre se le cura bien la pata, y al mes de la operación podemos quitarle el collar, ya le ha salido pelusilla y puede usar la arena. Para el 30 de noviembre corre como un diablo, es más feliz que un crío con zapatos nuevos, ya que por fin tiene "cuatro" patas. Desde entonces no ha parado.

El intestino le quedado un poco delicado de tanta medicación, pues se pasó prácticamente un mes con antibióticos y ahora tiene que comer pienso especial para evitar la diarrea, pero por lo demás es un gato estupendo, un poco tonto, porque tiene tendencia a comer cosas que no debe y luego se pasa una semana fatal. Pero es cariñoso, bueno, obediente, pesado, juguetón, comilón y muy listo (voy a secarme la baba que me inunda el teclado). Jamás ha hecho cortining; el sofá tiene los cojines arañados porque la única forma que tiene de subir es clavar las uñas, pero el resto ni lo toca. Las plantas ya ni las mira, ya quue después de un tira y afloja a ver quién se aburría antes gané yo (soy demasiado cabezona hasta para un gato), aunque, eso sí, una la destrozó entera. Se deja bañar (al no tener almohadillas atrás arrastra las patas y se ensucia bastante, también se ensucia al defecar y hay que limpiarle), se deja cortar las uñas, odia que le cepille pero le encanta la malta, duerme toda la noche y no dice ni pío hasta que oye el despertador.

Está claro que tenía unas ganas locas de vivir. Ahora es un saludable gato de unos 15 meses con 3,5 Kg de peso, que se pasa el día haciendo el payaso y no para de jugar.

20-08-2003