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Despedida de Silvestre

Almabania

Nunca pensé que la muerte de un animal pudiera producirme tanto dolor, máxime cuando apenas llevaba con nosotros diez días. Sin embargo, en estos momentos las lágrimas casi no me dejan escribir estas palabras. Esta mañana aún creí que podía salvarse, cuando estaba presenciando su agonía impotente, sin poder hacer nada más que cogerle en el regazo y decirle palabras cariñosas, mientras él dejaba escapar los últimos suspiros.

No es justo, solo tenía 17 días y toda una vida por delante, pero no ha podido ser. Su mamá lo dejó a la puerta de nuestra casa, hace nueve días. Silvestre era blanco, pero ya se veían las manchitas negras que tendría de adulto, cubiertas de pelusilla. Veía sin ver, como suele ser en los gatitos de su edad, y ya empezaba a curiosear por los rincones, torpemente. Hace dos noches le descubrimos el iris, y estuvimos tratando de averiguar de qué color tendría los ojos...

Recordaré siempre el instante en que buscó mi regazo por primera vez, acurrucándose. Tengo que decir que no soy partidaria de tener animales en un piso, pero me ganó aquel gatito más pequeño que la palma de mi mano. Y aunque la veterinaria dijo que no podría salir adelante, nos propusimos hacer todo lo posible porque Silvestre tuviera su oportunidad. Acomodé un cesto de mimbre y le puse un animalito de peluche para que el pelo le recordara a su madre y pudiera descansar. Le preparamos el cajoncito de arena, para él como un parque inmenso, tan grande le venía... Compramos leche especial, y cada dos horas, con un cuentagotas, nos turnábamos para darle su toma. Pero de día en día, y a pesar de los esfuerzos, nuestro querido Silvestre perdía fuerza y brillo.

Esta noche, la última que ha estado entre nosotros, he estado en vela con mi gatito. Las patitas no le sostenían, y solo en mis manos se calmaba y dejaba de gemir. Ahora estamos preparando su entierro en un parque cercano. Procuro que los niños no me vean llorar, y me alegro de que a ellos no les haya dejado una huella tan profunda como a mí, no les ha dado tiempo. Quizá el día de mañana se decidan a acoger a otro gatito, pero yo no podré tener otro animal en casa, no podría después de lo vivido, no soportaría de nuevo el dolor de la pérdida, el dolor de su sufrimiento y de mi impotencia.

Silvestre, te añoro, no sabes cuánto. Espero que haya un cielo para animales y que tú estés en él. Tiene que haberlo, porque después de tu marcha he soñado contigo, y te he visto de adulto, con unas preciosas manchas negras en el pelaje inmaculado, y jugabas con otros gatos, feliz. Y esos ojos que en vida no pudimos ver definidos eran de un color azul profundo, tan profundo como mi amor por ti. Adiós, Silvestre, que Dios te guarde en su regazo para siempre.

31-08-2002