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A mi negrito

Paula

Estoy muy triste, ya que hace cuatro días se murió mi gato negro. Lo encontré hace cuatro años en una mañana de lluvia; era una piltrafa flacucha y estaba todo mojado. Unos niños le estaban dando patadas y como desesperada les hablé con calma de cómo tratar a los animales, de ponerse en su lugar, etc, etc. Dejé el auto y me fui a la feria, y cuando volví el gatito estaba bajo mi auto. Sin pensarlo lo llevé a casa sabiendo ya a quién se lo iba a regalar (junto cuanto gato y perro puedo o los alimento en la calle).

Así llegó el quinto gato permanente a mi casa, ya que mi esposo (que es igual que yo en eso de juntar animales) se enamoró de él en el acto y dijo que entre tantos gatos y tantos perros uno más no se iba a notar. La mamá de los otros gatos, mi Canela, que es una siamesa divina y una supermamá, lo adoptó enseguida, igual que sus hijos machos de dos años, aunque no así la gatita.

Pero el tiempo pasó y el negro era uno más de ellos, y sabiendo que la gatita no le quería nunca se le enfrentaba. Si ella estaba en un sillón él se iba para el otro, y si estaba jugando con los otros gatos y de golpe ella se le aparecía paraba su juego, se hacía el despistado y se quedaba quieto o se iba muy lentamente. Ya en estos últimos tiempos, si ella estaba durmiendo se le ponía suavemente al lado y lo miraba con odio, pero como él no peleaba con nadie no tenía más remedio que dejarlo así.

Era especial, aunque para mí todos son especiales y cada cual con sus mañas. Pero siento necesidad de hablar de él, ya que lo extraño mucho. Nunca maullaba; si tenía hambre de otra cosa que no fuera su alimento se paraba en la cocina y era capaz de mirarte eternamente desde sus 6 kilos con esos bochones verdes. Si quería salir (era muy parrandero y nocturno para mi pesar) se paraba en una puerta hasta que se abriera, y lo mismo para entrar. Nunca se afiló las uñas en un sillón y no daba trabajo para nada. En cambio los otros, cuando quieren salir, se paran al lado de la puerta y hacen un miauuuu bien largo, o me caminan por arriba, saltan hasta que les abro o les doy los que ellos quieren y se afilan las uñas en los sillones. Son pesadísimos pero los adoro.

Nosotros decimos que no tenemos gatos, más bien que ellos nos tienen a nosotros y somos sus porteros porque, cuando uno entra, dos salen, y al rato uno que quiere entrar y al rato le parece más divertido afuera y quiere volver a salir; y así estamos, parándonos cada 5 minutos, porque te miran con una cara de desesperados y tristes y te maúllan como diciendo: "Abrimeeee, por favooor".

Unos días atrás estaban los cinco gatos durmiendo juntos y les saqué una foto. A él le gustaba trasnochar y salía mucho con los otros machos, pero estos volvían antes de yo irme a acostar. El negro un día apareció lastimado y lo llevé al veterinario, pero la herida estaba ya casi cicatrizada. A partir de entonces ya no le dejaba salir, pero él, como era tan bueno, se resignaba sin decir miau, y cuando se aburría de mirar para afuera se acostaba a dormir.

Un día, viendo que estaba bien, pensé que tampoco lo podía tener así de por vida y lo dejé salir. Volvió como siempre retemprano a la otra mañana y durmió, como siempre, casi todo el día. De día siempre tienen una ventana abierta, pero ya de tardecita se la cierro porque de noche se ponen más cazadores y para que no me entren con ningún bicho, cosa que me ha pasado.

El jueves fui especialmente a comprar las galletas de gato sabor hígado, que son las que él prefería; entró, comió y quiso salir. Cuando le abro la ventana observo que su herida ya casi estaba cicatrizada, y mientras va saliendo le digo "Negri, vos siempre trasnochando, un día te va a pasar algo, por qué no te quedaras adentro". Además ya hace frío y tienen una estufa a leña, que queda bien cargada para que dure toda la noche y ahí duermen todos calentitos, pues él igual salía. La cosa es que fui a buscar a mi sobrinita, y a los 10 minutos cuando regreso lo encuentro muerto en la calle, aún caliente y sin ningún rasguño.

Corrí a la veterinaria pero ya estaba muerto. Hoy todavía no lo puedo creer, vivo mirando hacia la puerta y me parece que lo voy a ver esperando a que le abran. No puedo creer que se haya muerto estando tan bien, no puedo creer que haya ido a la calle ya que queda lejos y jamás iba para ese lado, sino al fondo y a los fondos de los vecinos, que son enormes y llenos de árboles.

Extraño su presencia en la casa porque era de ponerse en los lugares más insólitos; extraño que me acompañe y las veces que se quedaba adentro en mi dormitorio, cuando si maullar me hablaba e inspeccionaba todo el baño mientras yo me aprontaba para irme a dormir; extraño el ir a hacerle mimos cuando estaba durmiendo, porque de día era un dormilón empedernido a quien no molestaba ni la aspiradora ni que lo cambiasen de lugar para sacudir los mantos, por lo cual también lo llamábamos Pancho, o Lord, porque en una revista vimos que estos gatos negros son ingleses.

Lo feo fue elegir el lugar para enterrarlo, y elegí un lugar en el jardín en el cual él se pasaba los ratos mirando a los pájaros y palomas que yo alimentaba y en el cual lo veía desde la casa. Y todavía no sé si hice bien o no, ya que para colmo no me lo puedo sacar de la cabeza, pues miro para afuera y pienso que está ahí enterrado. Lo triste para mí es pensar eso, que está enterrado, además de extrañar su presencia, por supuesto.

Sé que fue feliz y nos hizo muy felices y que nunca lo vamos a olvidar. Lo quisimos muchísimo. Extrañaré los mimos que le daba, sus morros, el salir a llamarlo de noche para que entrase y que siempre apareciera corriendo, aunque no siempre quería entrar. Extrañaré cuando abra el paquete de caramelos de gatos que vos oías, estuvieras donde estuvieras, y venías corriendo, y todas las veces que te entretenía con caramelos para que te quedaras adentro. Extrañaré que vengas a terminar el resto de leche que deja Canela; ahora nadie la termina, ya que los otros rara vez toman leche. Extrañaré darte un pedacito de mi queso o las miguitas de torta que tanto te gustaban. Extrañaré tu presencia.

Y sé que los otros gatos, Tico y en especial Cofee, tu compañero más habitual de parrandas, te van a extrañar; y también Canela, tu mamá postiza, que aún siendo de cuerpo la mitad de grande que vos te veía durmiendo y te iba a lavar las orejas; y la gatita Tina por ver que no estás; y los otros perros, sobre todo Camila, que si bien también dormía con vos, siempre cuidaba de que no les hicieras nada a los otros gatos ni a Canela.

Cada mascota tiene su historia y a la vez se relacionan. Por eso me es difícil el hablar de uno sin nombrar a los otros, pero estoy tratando de no mezclar. También me es difícil expresarle a los demás lo que siento, ya que solo los que tengan un animalito al que quieran pueden entender. Los demás me dicen: "Y bueno, es un gato". No saben lo que se pierden al no tener una mascota o ayudar a los animales indefensos. Para mí es un placer, unos amansalocos, un llenar mi casa de compañeros y diversión, un montón de cosas, además de nostalgia y tristeza ahora, pero a la vez un recuerdo lindo.

Que suerte que me lo quedé. Justo ese día acababa de dar otra gata recogida de la calle a la que había castrado (ya tenía como 5 meses en casa), pero los gatos de casa la repeleaban y pienso si él no la estaría buscando y por eso se fue a la calle.

Realmente no quiero olvidarlo. Es el primer animalito mío mío ahora de grande que se me muere y es tan feo como se siente. Aunque realmente se me murieron otros, como una paloma que tenía cinco años y venia todos los días a comer; tenía una casita de madera y solo la usaba para comer o los días de tormenta o si nos sentábamos cerca de allí (esta es otra historia, ya que se creía mas perro que paloma).

Y otro gatito que encontré en la calle junto a sus hermanos y era el último que me faltaba dar, pero me costaba tanto darlo que lo iba postergando y al cabo se murió un fin de semana en que yo no estaba. Recién había aprendido a subirse a los árboles pero no se sabía bajar, no se dieron cuenta de que quedó afuera y justo vino una tormenta y se murió, y para mi también fue un dolor grandísimo.

El Negro se hacía querer, de tan negro y lustroso y grande (de cuerpo y corazón). Mi suegro se sentaba a acariciarlo cuando venía a casa, y justo unos días antes me pedía, en broma, que si se lo regalaba, sabiendo como sabia que yo no regalaría a ninguno de mis animales. En la veterinaria todo el mundo quedaba asombrado por el tamaño y lo bueno que era. Decían: "Parece una pantera". Necesitaba decir también que era muy lindo, aunque para mí todos los gatos son divinos; mi sueño sería tener uno de cada color y de cada raza.

En homenaje a vos, Negri, es esta carta. Mi Negri adorado. Ahora que hablé un poco de él parece que estoy mejor, ¡pero cuánto lo voy a extrañar!

21-05-2003