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A mi diosa de fuego

Kikara

Esta es la historia de quien fue mi mejor amiga. Espero que esté feliz en el cielo de los gatos. Desde aquí quiero decirle que siempre la llevaré conmigo. Te quiero, mi diosa roja.

Adoraba a los perros pero, sintiéndolo mucho en el alma, no me gustaban los gatos. Me parecían ariscos, traicioneros e interesados. Además en casa siempre habíamos tenido perros, con lo que las posibilidades de tener un gato eran absolutamente remotas. Por motivos de estudios tuve que irme a vivir a Valencia capital, donde resido actualmente. Me sentía perdida y sola. No conocía a nadie y me estaba costando mucho la adaptación.

Un día iba caminando por una estación de tren cercana a donde vivo cuando oí unos gemidos, unos lamentos, unos lloros. Los seguí pensando que podía tratarse de un perrito y ahí estaba ella: la gatita más bonita que he visto nunca. Con su pelaje rojo llameante y sus ojos. Los ojos de mi diosa que nunca escondían nada. Ahí estaba ella mirándome, expectante, suplicante...

Me lo pensé un poco y al final la cogí y la llevé al veterinario con intención de dejarla allí. Me dijo que era una gata persa pura y fina de unos dos meses y que posiblemente se le hubiera perdido a alguien, y que si quería quedármela. Que esos gatos eran muy nobles y tenían un talante amable y cariñoso... Yo no estaba del todo convencida pero tampoco tenía muchas opciones y no iba a dejarla abandonada de nuevo, así que decidí finalmente quedármela. Esa misma noche y sin ni siquiera conocerme solo quiso dormir conmigo en mi cama.

Al día siguiente me puse a intentar trabajar en mi escritorio y se me subió encima ronroneando. Yo estaba impresionada... Me lamía, me seguía al baño, lloraba si la dejaba sola... Poco a poco le fui tomando muchísimo cariño y cambiando completamente mi visión de los gatos. Le puse de nombre Sekhmet (Diosa Roja en egipcio) por el color de su pelo.

Poco a poco empecé a relacionarme más con las personas, pues cuando les contaba la historia de Sekhmet venían a verla y fui tomando confianza en la ciudad, en mi nueva vida y en mi misma... Esa gatita perdida me dio vida, me hizo sonreír, me hizo sentirme nueva... A menudo solía decirle "mi diosa egipcia", a lo que ella respondía con su particular ronronronronron. También hizo algo muy especial para mí, aunque suene increíble. Había roto con un antiguo novio, que no paraba de molestarme y acosarme. Una mañana se presentó en mi piso dándome un buen susto, y cuando Sekhmet vio mi angustia le bufó, gruñó y arañó y no paró hasta que se fue. La cogí y la abracé con cariño.

Hace unos días mi pequeña diosa estaba jugando tan tranquila conmigo cuando se quedó rígida, cayó al suelo y ya nunca más se levantó. Tenía una malformación de nacimiento en el corazoncito que era imposible de prever, y que tarde o temprano había de acabar con su vida. No pensé que pudiera echar tantísimo de menos a un animal y menos a un gato. Aún la siento en la habitación y hasta me parece oírla maullar y que va a salir de repente de debajo de la cama... No me pregunten el porqué, pero esta gata era especial, tenía algo especial, una inteligencia extrema y un sensibilidad y un cariño inexplicables... La sigo queriendo y no puedo olvidarme de ella. Insisto, tenía algo especial...

Sekhmet, gracias por darme lo que tanta falta me hacía: vida. Gracias por tu cariño, por tu paciencia, por tu comprensión, por tu lealtad... Espero que el lugar donde te encuentres esté lleno de pelotas y de campanitas que hagan brillar tus maravillosos y sinceros ojos. Confío en que algún día nos volveremos a ver. Te quiero, mi diosa egipcia.

Tu amiga para siempre, María José.

03-07-2002